El poder de la herencia genética
Un drogadicto absolutamente desaliñado, con una guitarra eléctrica vaga por las calles vacías de una Long Beach periférica. Hay que conseguir droga para sosegarse o morir en los tremendos impactos de la abstinencia. Finalmente, la consigue y se relaja, pero el trip es demasiado fuerte. El muchacho (un impecable James Franco) junto a su dealer va a buscar más droga. Problemas. Cuando encuentra al otro pasador, hay un conflicto y el hombre, apodado Picasso, cae muerto en el forcejeo con los hombres.
Herencia de sangre, de Michael Caton Jones, articula su relato a partir de ese joven a la deriva que fue abandonado por su padre (Robert De Niro, como un comprensivo detective de homicidios) y que tiene la utopía de vender lo poco que le queda para volarse del lugar y llegar a la utópica Key West de la Florida. Es un perdido en la noche, un midnight cowboy que quiere rehabilitarse pero que se ha metido en honduras y no sabe cómo zafar. La muerte de Picasso lo ha acorralado: lo persigue la Policía y un peso pesado (William Forsythe, correctísimo) que cree que le robó al difunto cuatro mil dólares de su pertenencia y que, en rigor, fueron encontrados por los agentes de Policía al descubrir el cuerpo del dealer flotando en las aguas.
Lo cierto es que su padre, un detective de nombre La Marca (Robert De Niro, quien compone a un sereno y maduro detective de homicidios), está tras la pista junto a su partner Reg (estupenda performance de George Dzundza) y tampoco sabe a quién está buscando. Es un solitario con un pasado turbio (su padre, también alguna vez policía, tuvo un incidente ingrato cuando un día decidió secuestrar a un bebé de familia rica que se le murió ahogado entre unas mantas mientras esperaba el rescate en su automóvil) que mantiene un affaire con una de sus vecinas (la siempre solvente Frances McDormand) y que, por cierto, no ve a su hijo desde hace años por el bloqueo judicial que le hizo su ex esposa (una resucitada Patti Lupone) con la que se lleva de mal en peor.
Lo cierto es que el filme gana atracción especialmente cuando Caton Jones describe las zonas marginales de Long Beach: espacios vacíos con apartamentos y depósitos abandonados que le otorgan al paisaje visual de la trama una poética entre melancólica y desolada. Allí logra potenciarse el filme y cuando acusan al hijo del detective de asesinato es que Herencia de Sangre crece en veracidad y en intensidad dramática.
Al fin y al cabo, el filme no es otra cosa que el reencuentro peculiarísimo entre un padre y su hijo en un clima entre desesperado y tenso, más concretamente a contrarreloj cuando ese muchacho, también padre de un bebé, se ve noqueado por los datos de la realidad que promovió y/o promovieron a su alrededor en ese envolvente clima de outsiders que todo lo abarca.
Todo un descubrimiento, James Franco se lleva las palmas como el hijo drogadicto que deambula por sus signos de interrogación y por esos escenarios descascarados o sórdidos de Long Beach. De Niro es De Niro, el camaleón que se adapta a cualquier papel y lo cumple a medida de las exigencias del realizador. La McDormand luce espléndida, casi el único ojo luminoso en esta especie de blues nocturno donde no hay héroes ni villanos, tan sólo la épica asordinada de un puñado de sobrevivientes que viven el día a día como un último grito, un último suspiro. Puede verse.
(*) Preestreno en Hoyts General Cinema de Punta Shopping. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad