ASI FUE EL OCTAVO FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ QUE SE REALIZO EN LAPATAIA

Un público entusiasta fue premiado por la excelencia musical

El día de la inauguración, de arranque el cada más afinado grupo del bajista y contrabajista Popo Romano expuso ante el público materiales de su concepción con una mezcla de refinamiento y gran vigor expresivo. El grupo exhibió una capacidad sonora convincente, ductilidad y destreza técnica de sus instrumentistas y cierto vuelo creativo que le otorga un sitio relevante en el Río de la Plata.

Inmediatamente se presentó un miniset de la cantante argentina María Volonté acompañada por el guitarrista Facundo Bergalli. Interpretó una versión del tango «Los mareados» que pegó fuerte en los espectadores por la hondura con que fue abordado.

Los números centrales del día de bautizo del octavo festival jazzístico en El Tambo fueron los de Chico Freeman-Romero Project y de la intérprete chilena Claudia Acuña.

El saxofonista Chico Freeman salió a escena junto al guitarrista Hernán Romero y al percusionista David Sillman. Este trío mostró intenciones de marcar su temperamento y personalidad, y una dirección estética que terminó adivinándose en los gestos pese al virtuosismo de sus ejecutantes. Romero se volcó a un fraseo flamenco con fuerte presencia de Sillman y un touch finísimo de Freeman, quien a la vez hizo gala de su virtuosismo hasta por demás y hasta relatar cuánto conoce del asunto, brother, los temas partieron de Romero, todos con la impronta flamenca anotada. El trío logró un corpus sonoro si se quiere intensísimo y, en ese contexto, Freeman buscó su gloria personal. Metió un blues con una intro algo extensa y finalizó a tope, muy fuerte y con subida intención emocional.

Claudia Acuña, la cantante chilena radicada en Estados Unidos, había generado su expectativa por las repercusiones que ha tenido y porque logró ser una de las voces del reputadísimo sello discográfico Verve. Su aparición bajo los spots del anfiteatro de Lapataia puso en evidencia una intérprete de gran oficio y buen manejo del stage, de una sensibilidad delicada, que logró una performance con la que se ganó a todo el auditorio. Lo mejor: canta casi todo en español y se le nota esa gestualidad, esos tonos chilenos en sus modos interpretativos. Arrancó con «My romance» y más tarde con la impecable «María». Alcanzó momentos de alta resolución con «Ay mariposa» y hasta se lució con la versión del bolero «La otra tarde vi llover», enriquecida notablemente por el clarinete del cubano Paquito D’Rivera. Después tomó el saxo, el instrumento que mayor identidad le otorga, y se fundió con el pianista Jason Linder, Gene Jackson en los tambores y Sillman en percusión para gestar climas envolventes y sugestivos, todo ello conformó una gran superficie para apuntalar la atractiva voz de la Acuña. El epílogo fue «Viento del sur», con música de Linder y con la aparición en escena del guitarrista brasileño Romero Lubambo: un tema que impresionó por el ensamble, por los arreglos delicados y porque permitió comprobar que se estaba frente a una cantante muy seductora.

Una noche en que al jazz se le vino la lluvia encima, pero no alcanzó a mancharlo en su exposición.

Segunda jornada

El vibrafonista Jorge Camiruaga, de larga trayectoria en Uruguay, es acaso uno de los talentos mayores: su labor desplegada en una métrica de fusión alcanzó ribetes sobresalientes y merece que se destaque, porque no todos los días se tiene la sensación de estar frente a un público entendido y exigente. Muy bueno.

Camargo y Lubambo articularon un repertorio marcado por la variedad, en el que hubo incursiones en el blues, en la bossa nova y en choros, con urdimbre jazzística veteando todo el proyecto de su set. El arranque fue con una versión del tema de Djavan «Samba doble» que no elude los climas de bossa en una estructura arreglística aplicada y resultados fructíferos.

El embalaje sonoro del dúo posee sus matices: Romero es más contenido, aunque no le teme a los fraseos potentes. En cambio, Camargo parece más rico en su aventura de compositor. Pero la química de ambos fue de lo mejor del festival: parten de la bossa y el choro para desplegar una personalidad sonora fuera de serie con sus intenciones rítmicas y los finos decorados melódicos.

El quinteto de Paquito D’Rivera, más la presencia del vibrafonista Dave Samuels, fueron de los más esperado de la segunda jornada. Es más: esa onda latina de volcarse al jazz con un repertorio rico y variado en sus formas y matices, en sus despliegues de intensidad o rebajes, en sus solos y en su virtuosismo, se robó todas las palmas y bravos del público. Un ejercicio de libertad y amplitud creadora, donde Samuels quiso robarse la noche y prácticamente lo logró. Así quedó en evidencia con el ejemplificador repertorio que hizo el grupo de Paquito. El jazz latino tiene en Paquito y en su grupo integrado por el pianista Darío Eskenazi, el trompetista Diego Urcola, el bajista Sergio Brandán y el baterista Vince Cherico, una versión más que contundente y torrencialmente creativa, en la que pueden ingresar los aires de tango, como arranque de set, y después volcarse a todas las variaciones posibles. Los soleados de Paquito incendiaron la noche por su precisión y su vuelo, además del natural swing que lo caracteriza.

Unas pocas palabras para Dave Samuels: impresionante ejecutante, se acopló de maravillas a la cena servida por Paquito y los suyos. Puso destreza, sincronía y buen gusto.

Hacia el final otra invitada: la esposa de Paquito, Brenda Feliciano, quien interpretó un tema de la poetisa Ana Colina. Hubo un giro más clásico, si se quiere, pero no decayó el nivel de exigencia musical ni de atención del público, a esa altura saciado plenamente en el último peldaño de la segunda velada jazzística.

Tercera jornada La clausura del Festival de Jazz de Lapataia

El final fue la clásica actuación del Tambo All Stars, con Paquito, Chico Freeman, Urcola, Da Fonseca, Romero Lubambo, Camargo Mariano, Brandao y el cuarteto del pianista Pablo Ziegler, que hicieron un clásico del hard bop «Blues walk», del trompetista Clifford Brown, rítmicamente pujante y de una cadencia contagiosa.

La intérprete brasileña Maúcha, toda una incógnita para el público que se dio cita en el anfiteatro de Lapataia, brindó un set a partir de las composiciones mayores de un grande, Antonio Carlos Jobim, y en rigor hubo más que dignidad y respeto, sino una luminosidad que encantó a los receptores. Grata performance con una intérprete de gran calidez, una paleta levemente alcohólica en el decir y un grupo de instrumentistas a la medida de sus potencialidades. Hubo versiones de «A felicidades» y de la inmensa «Aguas de marzo» que se ganaron a rabiar las palmas. También cantó a dúo con la chilena Claudia Acuña el tema «Corcovado» y ya había clima de fiesta. Al final se sumó, como siempre, Paquito y la cosa terminó con toda intensidad.

El segundo turno fue para el trío de Chico Freeman y su instrumentistas Hernán Romero en guitarra y David Silliman en percusión. Flamenco y free-jazz, un híbrido que no convenció del todo al público: se fueron de mambo en El Tambo y la gente optó por recorrer ese lugar paradisíaco verde esperanza.

El cierre fue para el argentino Pablo Ziegler, junto a Walter Castro en bandoneón, Armando de la Vega en guitarra y Hurtado en contrabajo. El grupo siguió a Ziegler en esa propuesta lanzada, de estructuras sonoras arriesgadas y experimentales. Todo un acierto y un formidable compositor, Ziegler fue el broche de oro de un festival que, tal vez, no tuvo la estrellas rutilantes de anteriores ediciones, pero apostó una vez más a la calidad y no a la cantidad.

Ziegler es de esos compositores de una sensib
ilidad y un talento mayor: otorgó una espléndida versión de «La muerte del ángel», del genio inolvidable de Astor Piazzolla. En Ziegler hay convicción y avidez por abrir nuevas sendas sonoras a partir del tango: la tradición que quiere renovarse en forma persistente, y vaya si vale, acaso porque su set, en tanto embalaje sonoro, fue delicioso.

Al final trepó al escenario la cantante Brenda Feliciano para atacar la «Milonga en el viento», una canción con música de Ziegler y texto de la infatigable Eladia Blázquez, en un cover desabrido.

Una vez más se sumó Paquito D’Rivera, que estuvo en todas partes y todo momento. Interpretaron nada menos que «Libertango» con absoluta solvencia, al igual que «Introducción al ángel», siempre de Piazzolla. En el cierre ofrecieron la pieza «Once again milonga», del propio Ziegler, con destacadísimos y refinados soleados de piano y saxo. Así fue la clausura del festival: a todo jazz con casi todos los actores en el escenario. Muy bueno. Y que se repita el año próximo. *

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