Debajo de los impermeables
Pero luego de la idea viene, ay, la página blanca. Luego del cinco por ciento de inspiración viene el noventa y cinco por ciento de transpiración; y en materia de transpiración De la Parra es derrotado por su apresuramiento, por creer que para conseguir algo basta proponérselo.
Todavía obtuvo el dramaturgo, de su ingenio, de su memoria o del azar, un título seductor; pero se hizo a la mar y naufragó. Lo ahogaron las palabras, que no puede controlar; quizás hasta las ideas lo ahogaron, porque tener demasiadas ideas puede ser tan malo como no tener ninguna. El rebuscamiento sustituyó a la verdadera labor: los exhibicionistas podrían ser, además o en cambio, torturadores de una dictadura militar; podrían ser terroristas encargados de cometer un crimen político… en este punto ya no es posible recordar por qué los protagonistas se llaman Carlos Marx y Sigmund Freud. De la crítica en acción de las ideas quedan algunas pobres pullas, varias octavas por debajo de los originales; del exhibicionismo quedan dos impermeables; de los torturadores, un par de frases, y del crimen político, un par de pistolas en los últimos cinco segundos. Se dirá que hay una acción oculta, que sólo se revela al final, truco de las aventuras de Sherlock Holmes o Mickey Spillane; pero, agotada la sorpresa, apagada la bengala, la magia del prestidigitador se desvanece como sus palomas. Nada queda en el recuerdo sino una larga serie, vacua y agitada, de palabras.
Alfredo Goldstein, que ya había puesto en escena la obra (con Manuel Palacios y Bimbo de Pauli, 1990), sigue fielmente las indicaciones del autor. Los actores son nada menos que Jorge Bolani y Juan Antonio Saraví: su competencia coloca a La secreta obscenidad de cada día bajo una luz más cruel que la interpretación de Palacios y De Pauli. Es posible que la obra atraiga a los buenos actores precisamente por su insuficiencia, porque si la pieza triunfa deberá su éxito a la actuación; tanto Bolani como Saraví hacen reír, pero, curiosamente, ello siempre ocurrió sin el texto, a pesar del texto, a contrapelo del texto. La risa llegó a propósito de inflexiones de voz, de cambios súbitos de tono, de frases asordinadas.
Se insiste en que lo más difícil en el teatro es hacer reír; en realidad es lo más fácil, como todo actor avezado sabe. La receta de Chaplin era, o las tortas de crema en las solapas, o el puntapié en el trasero de un hombre vestido de etiqueta; pero hay muchas otras, y todos los cómicos y humoristas tienen su repertorio. Basta pensar en los éxitos de Mr. Bean, de Benny Hill, de Guillermo Francella o de Jorge Corona. Los actores demostraron su competencia, a costa de demostrar la incompetencia de la obra. Quizás sea un triunfo personal, pero es un triunfo a lo Pirro: en la tercera presentación de la obra contamos veintidós personas, incluyendo varias invitaciones. *
LA SECRETA OBSCENIDAD DE CADA DIA, de Marco Antonio de la Parra, con Jorge Bolani y Juan Antonio Saraví. Luces de Andrés González. Dirección de Alfredo Goldstein.
Estreno del 10 de enero, Teatro del Notariado.
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