Dulce de frambuesa
Pues bien, yo creo que el gobierno uruguayo, a velocidad vertiginosa, está cumpliendo a rajatabla, cruelmente, su propia interpretación de esa ley ficticia. Cuanto más extiende el castigo impositivo o tarifario sobre la sociedad, más delgada se va tornando ésta, al punto que es probable que desaparezca en cualquier momento o se difume en la sombra de sí misma.
Hablando de desapariciones, Manuel Vázquez Montalbán, en un artículo escrito hace unos años para Página 12, cuestionaba la lógica de la filosofía neoliberal que prescinde del sufrimiento social creado a su alrededor. Según el escritor español, semejante lógica crea una división entre unos pocos «instalados», los que siguen succionando la teta del poder, unos cuantos «emergentes», que han recibido alguna dádiva y creen que podrán mamar en cualquier momento, y una enorme mayoría de «sumergidos», que son echados de todo sitio y de mil maneras por el orden establecido. Ese proceso, que un gobierno puede acelerar aplicando las políticas que, por ejemplo, propina el del presidente Batlle, conduce inexorablemente a la virtual extinción de un país.
Veamos las últimas –¿penúltimas?– perlas del collar vernáculo. El Poder Ejecutivo, que nos acaba de echar encima el primer capítulo de un aumento de los combustibles que seguirá en próximas entregas, ha autorizado a renglón seguido la suba de las tarifas de Antel, de UTE y de OSE. Y no sé, aunque podría conjeturarlo con escaso margen de error, qué más se precipitará sobre nosotros. Nadie tiene la mínima duda acerca del objetivo fiscalista, expropiatorio, recaudador a ultranza de estos incrementos. Se trata del más perfecto círculo vicioso jamás diseñado por una administración en su sano juicio. El gobierno necesita dinero para que le cierren las cuentas con quienes le han prestado lo que no puede pagar. Caramba, ¿y por qué no puede pagar? Porque no ha cesado de pedir y cada vez recauda menos, a causa de que no hay crédito, producción ni comercio suficientes y la evasión se multiplica gracias a la jamás desmentida astucia de los grandes tributarios y a la imposibilidad real de los pequeños. ¿Y qué hace entonces el gobierno? Aplica más carga. Un absurdo que, incurrido en reiteración real, le sirve apenas para percibir unos dinerillos crecientemente escasos, mientras provoca otra oleada de desempleo, reducciones salariales, cierre de fábricas y comercios y descenso del consumo. Pero –lo peor, lo brutal, diría Discépolo– es que se ha ido metiendo en un callejón sin salida. Las cuentas que apenas cierran hoy no lo harán mañana, o pasado, porque se está jugando una carrera contra la verdad, perdida de antemano.
¿No hay escape? Bueno, para referirme sólo a lo elemental, habría que enfrentar una inexorable reestructura de la deuda. El tiempo apremia. Sería terrible que, para el momento de ese tantas veces postergado coraje, ya no hubiese aquí una nación.
Advirtamos que hoy la gente habla menos por teléfono, consume poca energía eléctrica o trata de robarla, escapa de los peajes, devuelve las chapas de los autos a las intendencias, usa la bicicleta o las piernas para no pagar el ómnibus, se alimenta peor que antes y se la pasa encerrada mirando televisión y juntando rabia.
A esta altura de las circunstancias, tal vez uno deba preguntarse, sin vergüenza ni sentimiento de culpa alguno, hasta cuándo cree el gobierno que aguantará este Uruguay, o sea el de los «sumergidos», que ya son marea. ¿Acaso delira imaginando que un país puede sostenerse en unos «instalados» y en unos «emergentes» cuyas filas cada día están más raleadas?
A la mano sobran ejemplos para responderle. Sin embargo, para aliviar su tiempo, lector, voy a referirme a uno solo.
Hay una crisis habitacional, nadie encuentra casa, y sin embargo nunca los precios de las viviendas estuvieron tan flacos, casi a valores de angustia. La explicación es sencilla, aunque encierra, y al mismo tiempo protege, una perversión. El que tiene una propiedad, acribillado de deudas, está loco por venderla; al que necesita una, no le alcanza ni aunque se la ofrezcan en rublos devaluados. Pero, dudará usted, alguien se beneficiará de tamaña situación. Pierda cuidado, mi amigo, que no serán los «sumergidos» de los que hablaba Vázquez Montalbán.
Cuentan que fue un emigrante el que inventó, a principios del siglo pasado, aquello de «compra cuando todos venden y vende cuando todos compran». Una suerte de axioma de la prosperidad en el Sur postergado. ¿Y quiénes podrían hacerlo ahora? Obviamente los «instalados», con lo cual no ocurrirá otra cosa que una mayor y más injusta concentración de la riqueza en menos bolsillos.
Siento la obligación moral de decir lo que sigue, y espero que se interprete como lo que es, una advertencia impelida por la realidad y una convocatoria a la responsabilidad: cuando no hay siquiera indicios de reactivación económica, se persiste en mirar hacia un solo lado y las políticas sociales, de tan anémicas, no alcanzan a aliviar el padecimiento general, la rebeldía es un hecho y la insurrección un riesgo que acecha a la vuelta de la esquina.
El gobierno está persuadido de que hace lo correcto. Puedo admitir su convicción porque al menos de uno de sus hombres clave, el ministro Atchugarry, me consta su honestidad intelectual. Pero el camino es equivocado. Y no se trata meramente de fórmulas –las famosas recetas económicas dogmatizadas– sino de decisiones que las conducen a un lado u otro.
Un sabio pudo ganar el Nobel de Medicina descubriendo la estreptomicina; otro pudo ganar el de Física por su aporte al conocimiento de la desintegración del átomo. Sólo que la estreptomicina no tiene otra finalidad que curar a la gente, mientras que el proceso atómico también puede ayudar a matar a millones de personas sanas con una sola bomba.
Esto, quizás, es lo que el gobierno no ha entendido. O, si lo ha entendido, no le importa. *
* Periodista
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