Hacia un nuevo teatro del pueblo
Se intentó, con éxito, romper la monotonía de obras digestivas, reestrenos, reposiciones y refritos; salir de aquellos tartamudeos de que «la gente quiere reír» (corrijo: «sólo tengo algunos pobres chistes que contar»), de obras en las que no se cree, pero a las que se asignan potencias mágicas, como las necesarias para convocar a un público desilusionado del teatro que aquí se le ofrece y que emigra en masa hacia los canales de cable.
Irregulares debe ser vista en esa línea de acción cultural. Parte de una investigación sobre los habitantes de los asentamientos: son los grandes ausentes de nuestras tablas, los que no han tenido hasta ahora voz, los que pretendemos no distinguir unos de otros, bajo el uniforme y con el estigma de la pobreza. Estigma, sí, porque nunca estuvo la pobreza más desacreditada que hoy: hasta ya entrado el siglo XX, por lo menos entre nosotros, la riqueza era algo digno de ocultarse y hasta de reprimirse. La frase de Jesucristo de que antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que entraría un rico en el Reino de los Cielos, tenía una fuerza que es incomprensible en el orbe católico de hoy. Solarich está en la buena dirección: tenemos que agregar, con mucha pena y con todo el aprecio que nos merece la tentativa, que Irregulares puede ser considerado sólo como una primera aproximación, un tímido primer paso, una leve pasada de un arado, una ventana entreabierta a un aire renovador. La investigación, cuyas condiciones y método no conocemos, se detuvo demasiado pronto y no brindó suficientes datos ni de las historias singulares ni de las circunstancias en que los marginados hicieron o deshicieron sus vidas. Hay un material; pero no es suficiente, ni es suficiente su elaboración. Irregulares, momento a momento, es auténtica; pero pasan las escenas y no se encuentra una obra. Lo que se quiso levantar y pareció de pie, por un instante, cede y se desploma. Los personajes hablan y lo que dicen no es mucho mejor que lo que puede decir un habitante de un asentamiento. Nuestro respeto por su humanidad, nuestro dolor por la injusticia hecha carne no puede llevarnos a creer que sus frases pasan sin más al mundo del arte. El teatro no es una colección de aforismos o frases brillantes en boca de intelectuales, filósofos o ingeniosos hombres de mundo; tampoco es los balbuceos de los transeúntes ante las cámaras de televisión; tampoco es los dichos de los «irregulares». *
IRREGULARES, creación colectiva con Damián Barrera, Miguel Benítez, Maite Burgueño, Alejandro Campos, Carola Comas, Fabiana Moroni, Lucía García, Natalia Goldberg y Claudia Rodríguez, dirección general de Iván Solarich. En PuertoLuna.
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