El teatro es para argonautas
Juan Carlos Moretti (Montevideo, 26 de febrero de 1941) comenzó a estudiar preparatorios de Medicina y fue funcionario del Poder Judicial a partir de los 18 años. En 1963 se integró al Taller de pintura Montevideo, que con los años, curiosamente sin Moretti, llegaría por su lado a la escena para reencontrarse con nuestro entrevistado en un proyecto de teatro. El Taller Montevideo estaba formado por discípulos de José Gurvich, quien, hacia 1963, aconseja al grupo irse a Europa a continuar su desarrollo artístico. Primer llamado de Europa; pero Moretti se separa del grupo y se queda en Montevideo. Ha aprobado el ingreso a la escuela de teatro de El Galpón, será designado funcionario del Poder Judicial; más tarde, en 1970, se casa en Montevideo y tiene dos hijos, hoy un nieto.
En El Galpón empezó como actor en El señor Puntila y su criado Mati, de Bertolt Brecht, en 1968; fue funcionario técnico de la institución como luminotécnico. La dictadura militar lo destituye de su cargo en la Administración de Justicia y se gana la vida como técnico en iluminación de Canal 12, a indicación de Jorge Denevi. En 1984, restablecida la democracia, deja Canal 12, vuelve a El Galpón y obtiene como reparación su jubilación como funcionario judicial conforme a la ley 15.753 sobre destituidos.
La necesaria frecuentación del espectáculo como operador o iluminador lo pone en contacto íntimo con la puesta en escena y se interesa en la dirección, carrera que comienza con La otra Juana, de Ariel Mastandrea, con María Azambuya en la sala Cero y en 1994; obtiene el Florencio Revelación, gracias al cual viaja a Europa por primera vez y estudia iluminación en París. Luego dirige Nicomedes o el olvido, de Ricardo Grasso; Stefano, de Discépolo; La pecadora, habanera para piano, sobre Delmira Agustini, de Estrella Genta; Cuentos de hadas, de Raquel Diana, obra con la que fue invitado al Festival de Cádiz; Un mes en el campo, de Turguínev; Hay que deshacer la casa, de Sebastián Junyent, y Episodios de la vida posmoderna, de Raquel Diana.
Pero en pleno desarrollo de su actividad como director de teatro, frisando los sesenta años y con un promisorio porvenir en nuestro medio, Juan Carlos Moretti emprende la aventura del Viejo Mundo. Viaja a Holanda (Amsterdam), luego a Francia (Aquitania) y finalmente a Valladolid (España), donde integra un grupo que no por casualidad se llama Azar Teatro, con el que presentará en Montevideo, de jueves a domingo, a partir del jueves, Ãaque, o de piojos y actores, de José Sanchis Sinisterra.
El arte de Moretti, su amplia cultura, su don de comunicación y su ya larga experiencia en teatro anunciaban una experiencia inédita que valía la pena conocer. Quizás su propia vida tenga algo del mundo del futuro; un universo del teatro que, como el del Siglo de Oro, es un teatro popular y necesariamente itinerante, sin fronteras, sin la petrificación en una identidad, consagrado a la aventura de vivir como los argonautas de la Grecia clásica. «Navegar es necesario, vivir no es necesario». Casi recién llegado a Montevideo, tuvimos con él la siguiente entrevista.
–¿Qué querrías contarnos de tu familia?
–Mi padre era funcionario de la Intendencia Municipal de Montevideo y vivió hasta los 92 años. Mi madre, que era enfermera, tuvo una influencia mayor en mi vida. Aunque no tenía una cultura especial, la circunstancia de trabajar con enfermos fue para ella una experiencia que la hizo crecer y le dio una formación muy firme. Paradójicamente muere por un error médico a los 65 años. Soy sobrino de Raúl Moretti, que fue profesor de Derecho Procesal en la Facultad de Derecho y escribió varios libros y fue integrante del Tribunal de lo Contencioso Administrativo. Era un hombre muy culto con el que tuve una relación muy cordial; él se interesaba mucho en la poesía.
–¿Cómo sucedió que te fueras a Europa?
–El grupo de pintores del Taller Montevideo, al que pertenecí, se va a Europa en 1963 y se instala en Amsterdam. Con el tiempo, de la pintura pasaron a hacer teatro, en particular espectáculos interdisciplinarios, para los cuales el grupo se llamó Taller Amsterdam y tiene la dirección y animación de Héctor Vilche y Armando Bergallo. En cierto momento el gobierno holandés les pide un espectáculo para celebrar el milenio y deciden hacer María de Buenos Aires, de Piazzolla y Ferrer. Recuerdan nuestra antigua vinculación, me dicen que tienen que hacerlo y me voy a fines de 1999 con Andrés Pazos y Alicia Alfonso a Amsterdam; la obra se estrena los últimos días de diciembre de 1999; actuábamos los tres con la dirección de Vilche y Bergallo. Fue increíble actuar en Europa y dirigido por esta gente, que eran amigos de la infancia. Fue una gran experiencia y quedamos vinculados artísticamente.
–Pero el destino volvería a anudar los lazos.
–Sí, pero volví a Montevideo. Pero sucedió que ellos habían vivido en el suroeste de Francia, en Aquitania; en un contacto con la gente de la región resuelven montar un taller multidisciplinario en la localidad de La Landusse. Me llaman: el proyecto era un taller de enseñanza, con danza, canto y yo en teatro. El grupo compró una propiedad y comenzó a construir el taller; allí llegué en setiembre de 2001.
–¿Cómo explicás este cambio de rumbo?
–No se puede separar a los compañeros artísticos de los de la vida. Cuando me surge la posibilidad de ir a trabajar a Europa se me conmovieron los cimientos, porque siempre traté de estar lo más abierto posible a lo que la vida ofrece. Dudé mucho, me iba bien aquí, pero en algún momento viene una definición. Se presenta, como en este caso, como algo más profundo, como un movimiento hacia algo, un desarrollo.
–Pero el destino no quería que te quedases en Aquitania.
–Casi recién llegado, en el verano de 2001, llamo por teléfono, para saludarlos, a la gente de Azar Teatro de Valladolid, a quienes conocí cuando fui al Festival de Cádiz con Cuento de hadas. En el teléfono me entero de que tres compañeros del grupo murieron en un accidente cuando iban a representar un espectáculo del grupo en Vilafranca de Penedés. Me dicen que me necesitan; quieren seguir trabajando; es un problema de supervivencia. No lo pienso dos veces, dejo el proyecto de La Landusse y me integro a Azar Teatro. Yo no tenía la menor idea de que terminaría en España contratado por una compañía, con un trabajo estable.
–Tu actividad europea, ¿tiene como fin o como último proyecto el regreso, algún día, a Uruguay?
–Con la misma claridad que da el no tener nada claro, te digo que cuando viene la propuesta y sé que es para crecer, soy incapaz de negarme. Tengo que hacerlo. No podría traicionar a mis maestros, no seguir adelante, no arriesgar.
–¿Cómo trabaja Azar Teatro?
–Es un teatro itinerante. Salvo las compañías estables de Madrid, las compañías de teatro van de un lado al otro, por lo que llaman las redes de teatro; el grupo Azar cubre particularmente su zona: Castilla y León. Con Azar dirijo Ãaque, que se presentará en El Galpón ahora, y actúo en La última noche de Giordano Bruno, de Renzo Sicco.
–¿Cuáles son tus proyectos actuales con Azar Teatro?
–El grupo Azar trabaja en un espectáculo infantil. El Teatro Corsario, que hace teatro clásico, y el grupo Teloncillo, que hace teatro infantil, le proponen un espectáculo para niños, inspirado en el pintor argentino Berni, tomando sus collages de la pobreza y las villas miseria con la vida de Juanito Laguna.
–A los casi cuarenta aÃ
±os reaparece en tu vida la pintura.
–La propuesta le interesó a Azar porque era no convencional. Estoy haciendo el guión con los actores, trabajando un mundo de objetos de reciclaje, que se va armando un collage según se desarrolla la vida de Juanito Laguna, un personaje creado por Berni que aparece en varios cuadros: a veces Juanito es adulto, a veces es niño. También estamos preparando con Azar Teatro un espectáculo de calle, con dos personajes del mundo de la feria callejera. Por el lado de los personajes se relacionan con La strada, de Fellini; por otro, con Candilejas, de Chaplin.
–¿En qué se diferencia el teatro español del uruguayo y del argentino?
–El teatro español resurge después de la dictadura, luego de cuarenta años en que la cultura es destrozada. Hay actualmente una pujanza, la irrupción de una gran juventud. Nosotros tenemos más trayectoria, más lógica. Esto de andar por España con un espectáculo me ha renovado y me hace sentir joven, como si estuviera en la época del Siglo de Oro y se reinventara el teatro. Los uruguayos tenemos un gran privilegio, los maestros que tuvimos. Esa tradición, esa antigüedad nos han dado, año tras año, una formación y un sentido de la profesión muy grandes.
–¿Cuáles son las circunstancias y cuál es el sentido de esta vuelta a Montevideo?
–Es un gesto de solidaridad con El Galpón. Azar Teatro tiene subvenciones, en particular con los pasajes, y ha resuelto donar lo que se recaude a El Galpón. Esto me ha hecho muy feliz. También debo destacar el apoyo de la embajada de España, que financió la campaña publicitaria y colabora en todo.
–¿Cómo definirías tu presente?
–Siento que estoy viviendo en una forma enteramente nueva. Es algo que cambia. Esa pujanza, esa vitalidad del teatro español, sobre todo al trabajar con Azar Teatro, me ha comunicado una savia nueva. *
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