LA TELEVISION ABIERTA EN URUGUAY

Lo que hay que cambiar

Sin embargo, aquí y ahora, la televisión abierta sigue siendo más democrática que el cable o el satélite por una razón obvia: prácticamente no tiene costo. Entre gentes empobrecidas, en un país con su economía cribada por reducciones salariales, desempleo y disminución del consumo, esto es un hecho objetivo que va más allá de cualquier teoría.

Por tanto, precisamente en tiempos de crisis, la televisión abierta es la que se ve más y, por tanto, la que tiene mayor responsabilidad social. Ahora bien, ¿ella cumple con esa responsabilidad? Parece que no. ¿Por qué?

A mi juicio, lector, hay un par de razones a la vista que es necesario considerar.

Una, la propia crisis económica, que ha reducido los réditos de la publicidad y obligado a las empresas a achicar su presupuesto. ¿Cómo lo hacen? Prescindiendo casi por completo de la producción nacional, cuyo costo es mayor, al menos en términos generales muy simplificadores, que el de esos enlatados que la sustituyen tan alegremente a cada rato. Y con la producción nacional se van también los profesionales más creativos y competentes; o sea, en esta lógica perversa, los más «caros».

Otra, la jamás desmentida incapacidad de los empresarios para diseñar unos contenidos que contribuyan al crecimiento moral e intelectual de los televidentes. Hemos padecido una generación, y ya apunta otra, por sucesión dinástica, de concesionarios que se hicieron de un canal de televisión como pudieron hacerse de un frigorífico o de una plantación forestal: no fueron, no son profesionales, sino hombres de dinero que heredaron cosas.

Ambas razones –la incidencia de la crisis y las características de los empresarios– se unen en un punto. Las ondas han sido concedidas por el Estado, sin la contrapartida de un control público responsable, a personas o familias cuyo único aunque legítimo objetivo es hacer dinero y acrecentar su poder. Como resultado, los concesionarios construyeron un virtual monopolio que, al eliminar todo vestigio de competencia enriquecedora, facilitó la creación de una televisión barata, en tanto jibarizó sus inversiones, reduciéndolas a lo elemental, y chata de una chatura acrecentada con el rápido arribo del «lenguaje del marketing»; una especie de cultura cínica que, en «Elogio del gran público», Dominique Wolton ha descrito así: «(…) los estudios de audiencia tienen una doble ventaja: hacer que la televisión sea un objeto como cualquier otro y dar la sensación de que es inútil molestarse por las grandes cuestiones, ya que lo esencial, como en toda actividad económica, es ¡que la empresa marche!».

Y vaya si desde el punto de vista económico la televisión abierta ha marchado. Durante cuarenta años sus dueños han hecho mucho dinero, montados a unas bases falsas o, a lo más, sofísticas: primero, los contenidos son como son porque los televidentes quieren eso; segundo, a los televidentes siempre hay que darles lo mismo puesto que la rentabilidad está asegurada.

En realidad, el público ha sido obligado a consumir determinado material televisivo y ha terminado por aceptarlo, dando lugar a un hábito perdurable, ya que, en su mayoría, carece de la capacidad de análisis crítico y de las posibilidades de expresión que hubiesen puesto en la debida vereda a los emisores. Al decir de Lolo Rico, esa mayoría ha aceptado, sin saberlo, que es vulgar, que carece de gusto y que le faltan conocimientos, capacidad de juicio y criterios de realidad. Y al aceptarlo la mayoría es como si lo hubiésemos aceptado todos.

Pues no. Yo no quiero aceptarlo. Ni siquiera lo hice durante los largos años en que trabajé en la televisión abierta, pública y privada, independencia que me causó no pocos problemas ya demasiado zarandeados. Ahora vuelvo a reivindicar mi derecho al pensamiento crítico: rápidamente, porque las dificultades económicas mantendrán todavía por varios años a la televisión abierta como la más democrática –que es decir la más accesible–, debemos dar otra batalla por cambiarla.

Y será una batalla de la que deberemos participar los comunicadores, la propia gente y, por supuesto, el poder político, pese a que esto pueda sonarle incómodo a más de uno, a ambos extremos de la simplificación ideológica. *

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