ARTE

Una subasta de cuadros atractivos

La Galería y Remates Juan Enrique Gomensoro Piñeyro propone casi un recorrido histórico de pintura nacional. Se inicia ese recorrido con un artista viajero español luego radicado definitivamente en el país, Juan Manuel Besnes e Irigoyen (1788-1865). Fue uno de los primeros durante el siglo XIX en tener fuerte incidencia en la formación artística de la naciente nación. Vino de San Sebastián, lugar de nacimiento, a principios del siglo (entre 1805 y 1809) muy joven aún, como calígrafo e ingresó a la administración pública. Su vida transcurre durante los agitados períodos que van desde el colonialismo español a la independencia del Estado uruguayo.

Se dedicó a la docencia escolar y artística (tuvo como discípulo a Juan Manuel Blanes), fue soldado, frecuentó las tertulias patricias y vio desfilar los gobiernos de Rivera, Oribe, Giró, Pereira y Flores, a los que sirvió en los sucesivos mandatos, y recorrió la campaña como oficial delineador, dejando el testimonio de la naturaleza, los pueblos emergentes y sus habitantes de Durazno y San Fernando, en álbumes con dibujos ingenuos pero expresivos.

Pero también aspiró a obras mayores en retratos irónicos y escenas históricas que luego retomaría Blanes.

En la subasta de hoy por la noche, se ofrece Pasquines, lentes, barajas y plumas, un dibujo-pintura de técnica mixta sobre cartón de 57 x 86 centímetros. Es un curioso bodegón, sin fechar, pero sin duda de 1827, como se desprende de la dedicatoria a Josefa Zamudio, su mujer, donde Besnes e Irigoyen despliega un virtuosismo dibujístico digno de los estadounidenses Harnett y Peto, sus contemporáneos menores. Con admirable precisión, va acumulando en una composición tan sabia como encantadora, tapas de almanaques y hojas impresas quemadas, tijeras, lentes, plumas, frascos, cortaplumas, naipes, partituras, dibujos y grabados hechos con una meticulosidad dibujística asombrosa hasta otorgar a cada elemento la ilusión de relieve y de realismo o hiperrealismo. No es un simple ejercicio de estilo en un hombre que dominaba la caligrafía como pocos. Hay una intención recuperativa y nostálgica de un pasado inmediato, una aguda distribución de los objetos (sobre una publicación que asoma la palabra censor dibuja una tijera) y una afirmación de su propio oficio caligráfico. La riqueza de lectura que proviene de esta pieza fundamental del arte nacional, poco conocida, y que con ayuda de una lupa depara un inagotable disfrute visual. Es una obra que debería incorporarse al patrimonio museístico nacional.

Luego sigue Juan Manuel Blanes (1830-1901) con carbonillas sobre estudios anatómicos, bocetos académicos que lo caracterizaron y óleo (Nocturno en Venecia) de su hijo Juan Luis (1856-1895). El infaltable Pedro Figari (1861-1938) está presente con cuatro óleos sobre cartón, uno de ellos firmado y datado en 1932 (Chacareros de paseo), donde se impone el enorme cielo y es la pieza mayor del autor. De Pedro Blanes Viale (1879-1926) hay una pequeña témpera y acuarela (Urraca) de vibrante cromatismo y una Maja que se aleja del habitual estilo. Mientras que Carlos A. Castellanos (1881-1945) firma desde París en 1911 Abuela y bebé en el parque, un óleo sobre cartón digno de los fauvistas. En ese recorrido histórico se destacan Alrededores de Melo, de Andrés Etchebarne Bidart (1889-1931), un planista de muerte joven, José Cúneo (1887-1977) con Rancho de Florida, de un expresionismo muy suyo, mientras Carmelo de Arzadun (1888-1968) tiene varias telas con el dominio magistral de los ocres sobre playas y una testimonial visión del Parque Rodó.

No queda atrás el revalorizado Alberto Dura (1888-1971), con un excelente paisaje, entre otras piezas, un excelente Dolcey Schenone Puig (1896-1952) en La gruta de los matreros, que prolonga la vibración colorística de los planistas. Numerosos (diez) cuadros de Zoma Baitler (1908-1994) vienen a confirmar la facundia inventiva de este impresionista rezagado de amplio espectro formal, que por momentos se interna en la modernidad (Puente del tren de Nueva York).

De Joaquín Torres García (1874-1949) hay una naturaleza muerta de 1943, composición donde pone en evidencia la composición áurea. Sus discípulos se hacen notar: José Gurvich (1927-74) con un Constructivo de 1962, Augusto Torres (1913-92) con dos densos trabajos pictóricos, Horacio Torres (1924-76) con una sintética composición, Julio Alpuy (1919) con un vibrante paisaje urbano. Juan Storm (1927-95) deposita su inconfundible estilo en Dos gauchos y Guillermo Fernández (1928) se interna por la abstracción en una Construcción de 1966, de un período muy feliz.

Todavía quedan obras muy atendibles de Gonzalo Fonseca (1922-1997), tapa de mueble pirograbada y pintada, tres de Jorge Damiani (que inauguró una individual en la Galería Tejería Loppacher), dos maderas pintadas de Rodolfo Visca (1934), un Jonio Montiel (1924-86) de contundente dibujo, entre otras obras a tener en cuenta. En ausencia de galerías de arte, desterradas de Montevideo y Punta del Este, salvo alguna excepción, sin museos que renueven el acervo al público, visitar esta subasta es reencontrar obras (poco conocidas) de autores nacionales que pertenecen a la historia del arte, con una excepcional jerarquía y la consiguiente gratificación. *

 

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