La literatura suicida
Nadie puede discutir que este salteño es un clásico en la literatura, no sólo nacional, sino americana. Varios críticos y estudiosos literatos del mundo coinciden en la importancia de la huella quiroguiana en el territorio de las ideas amalgamadas a las letras. Incluso el todopoderoso gobierno uruguayo enseña en la escuela primaria los cuentos del escritor y más adelante en el liceo el estudiante puede elegir entre las explicaciones docentes sobre el autor o la aventura de salir a buscarlo, a él y otras literaturas.
La inevitable muerte
La vida de Horacio Quiroga estuvo signada por la cercana presencia de la muerte y eso se reflejó en su obra. Antes de los tres meses, su padre se mató accidentalmente. En su juventud, sufrió la muerte de su padrastro, que se ultimó con el mismo rifle verdugo de su padre. En 1901, después de su viaje a París, y ya inmerso en el mundo literario e intelectual de su «Tontovideo», como llamaba a la ciudad el poeta Roberto de las Carreras, soporta la pérdida de dos de sus hermanos. Un año más tarde en las tertulias literarias del Consistorio del Gay Saber, el autor mata accidentalmente a su amigo el poeta Federico Ferrando. Incontables muertes. En 1915 su primera esposa se quita la vida, en 1932 el político Baltasar Brum se suicida y la frágil vida económica de Quiroga tambalea más que nunca. La dictadura de Terra terminó con los cargos consulares que el literato poseía. Un año después de su muerte y en una especie de trágica paradoja de amor y odio se suicida su hija, la rubia Eglé, y en 1951 su hijo Darío.
Terrorista en la triple frontera
Su autoexilio en la selva de Misiones, en Argentina, le permite buscarse, zambullirse en una vegetación salvaje, en contraposición a la ya domada ciudad llena de agrios licores, excesos de cloroformo y hachís y un tiempo que no perdona. Ahora sería él quien tendría el trabajo de entender y convivir con la naturaleza exuberante. Argentina fue el lugar donde el creador tuvo mayor aceptación, donde se le publicaron mayores obras y donde ejerció por tres años el oficio de crítico de cine. Una columna no muy extensa en la revista argentina Caras y Caretas fue una importante ayuda económica para el cuentista. Muchos lo catalogan como un precursor en la venta de artículos periodísticos relacionados con el arte. Su estilo tuvo que adecuarse a las páginas de Caras y Caretas, Fray Mocho o El Hogar.
Quiroga supo conquistar también el corazón de los niños con relatos donde los animales tomaban voz y se proyectaban en la vida humana, interactuando con personajes hombres, mujeres y niños.
El hábil autor sabía de los gustos burgueses, de las tareas del hogar desempeñadas por las mujeres en los albores de 1900. Y así confeccionó otros cuentos, desarrollados bajo la protección de un escenario burgués, con casas decoradas a la moda, que protegían a la trama de muerte, horror y espanto. «La gallina degollada» o «El almohadón de plumas», son sólo algunos de los ejemplos, donde todo empieza en un clima familiar, hasta armonioso y termina, inevitablemente, en una tragedia, digna de un relato de Poe, uno de los grandes maestros que tuvo Horacio Quiroga. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad