EL SUICIDIO (APOCRIFO 1) DE VERONESE Y ALVARADO EN "EL PORTON DE SANCHEZ", BUENOS AIRES

Susurros secos

 

Nos dicen que «…el teatro es una máquina de frustración eterna», pero El suicidio (Apócrifo 1) se presenta en una escena teatral; el título parece contradecirse, afirmando a la vez el suicidio como tema y a la vez su naturaleza apócrifa, para mejor individualizada con un número que podría comenzar una serie y que colorea a aquel par de fuerzas con un tinte científico. Se presentan datos que parecen estadísticos, como la tasa anual de suicidios en la Argentina (300, según la obra), cifra que, de ser cierta, colocaría a la Argentina en el rango de uno de los países con menos suicidios en el mundo; hay datos históricos, como la anécdota de la muerte de Pringles y datos de las ciencias naturales, como la información sobre la muerte de los cóndores. El comienzo de la obra sienta la compartible tesis de que nuestra civilización vive de la muerte, al proponer, con la frialdad de un organigrama, imágenes de un matadero. Sigue, ya en el ámbito humano, el juego con la muerte, una especie de toreo o de ruleta rusa con medicamentos: uno de los personajes ingiere varios sorbos de un concentrado de somníferos, en la esperanza de que, luego del previsible efecto, aún pueda volver a la vida: «… voy a acercarme a la muerte pero sin morir, claro». Quizás esté también, en un nuevo par de fuerzas, la esperanza simétrica de que el riesgoso ejercicio pueda dejarla en la otra orilla, sin voluntad y sin culpa.

La puesta en escena se desarrolla paralela a la caótica proposición del tema. El espectáculo es una mezcla inestable de elementos heterogéneos. Hay elementos formales, el teatro dentro del teatro, con el baúl de donde los artistas sacan la ropa que han de usar y la cabina de comando donde los «operadores» de las luces y el sonido hablan entre sí, pero sin que se les escuche por la platea. Aparecen unas mujeres en el marco, no menos formal, de vestidos uniformes; pero ellas tienen a su cargo la imaginación y los saltos en el vacío. Dice «Laura» que «…una vaca muerta es una vaca libre…Se va a empezar a confundir con el paisaje hasta que el paisaje se la trague». Punto a favor del suicidio, o de la muerte; pero hay una tan considerable dosis de humor, que el tema padece una inmediata contradicción. Todo momento dramático, hasta quizás trágico, bordea, en El suicidio (Apócrifo 1) lo cómico. Así las escenas con la crema de afeitar y sobre todo el anticlimático final, donde Fernando Llosa deja la cabina de los operadores y, de frente al público, anuncia que mostrará sus conocimientos de danzas folclóricas, tan elementales que es como si no existieran.

El efecto en el espectador es muy variado y sugiere múltiples posibilidades de comprensión. En una primera reflexión, El suicidio (Apócrifo 1) es a la vez, atrayente, fragmentario y desconcertante ; y posiblemente todos estos calificativos hayan sido buscados por los autores, que definen al teatro como «Un mecanismo de soledad, de delirio, de demencia, de desorientación general». Atrae por la impavidez con que se enfrentan los autores con la muerte; desconcierta por el acoplamiento de escenas que parecen provenir no sólo de medios distintos (video, máscaras, actuación) sino de estéticas distintas; los autores se rehúsan a descartar ningún material por la sola circunstancia de que contradigan a otros ya actuantes. En más de una ocasión El suicidio (Apócrifo 1), con su acoplamiento de información cruda, (que parece venir sin más de una enciclopedia) con los fuegos de una imaginación en estado puro, unión a la que no faltan algunas imágenes deliberadamente sádicas («…un lento péndulo de hojas de afeitar sobre la muñeca del espectador»), nos hizo pensar en el largo poema en prosa de Lautréamont. Como en «Los cantos de Maldoror», es muy visible el talento del autor, aquí de los autores, la potencia de su imaginación, su voluntad de apartarse de toda norma; son visibles también las concesiones a la fantasía pura y la deliberada ausencia de toda síntesis. Hay toda una demostración de fuerzas; pero no encontramos que todas esas fuerzas se fundan en un solo haz. Tal vez, como en la obra de Ducasse, la síntesis está proyectada a un futuro que puede no suceder, y mira a ese punto en que las líneas paralelas podrían encontrarse. Hay quizás, para nosotros, una pista. Es totalmente conjetural, ciertamente: pero la verdad es que Veronese y Alvarado cortejan lo conjetural. El arte de una época caótica ¿debe reflejar ese caos o tratar de organizarlo? Los comienzos del siglo XX mostraron en la literatura una clara voluntad de organización, pero hoy el péndulo parece moverse en sentido contrario, al punto que los autores se sienten en la necesidad de destacar «…nuestra desvinculación, separación total e irreductible del hecho suicida». Posiblemente la precaución sea innecesaria. La imaginación, que definiera justamente Santa Teresa como «la loca de la casa», ha gozado en El suicidio. Apócrifo 1 de una transitoria pero ancha libertad, que le ha permitido recorrer espacios vedados y rozar tabúes; pero está sujeta por una mano de hierro. Muchas de las páginas explicativas nos han desconcertado; pero encontramos, entre muchas frases cuyo sentido se nos escapa, esta que, para nosotros, define al espectáculo : «…Esto no es apología. Tampoco una advertencia a gritos. Es un susurro seco«. Desde la periferia, a través de muchos fragmentos, empieza un Objeto a decir su nombre.

 

EL SUICIDIO (APOCRIFO 1) de Daniel Veronese y Ana Alvarado en colaboración con los actores Guillermo Arengo, Alejandra Ceriani, Laura Valencia, Julieta Vallina y Fernando Llosa. Escenografía y objetos de Alejandro Bracchi y Carolina Ruy, vestuario y accesorios de Roxana Bárcena, iluminación de Alejandro Le Roux, selección musical de Daniel Veronese, dirección de El Periférico de Objetos, Ana Alvarado, Daniel Veronese y Emilio García Wehbi.

En «El portón de Sánchez», Sánchez de Bustamante 1034, Buenos Aires. *

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