Entre historias rotas y excesivas
Parece haber ganado la batalla, desde la portada del disco: si el cantante devino boxeador, una suerte de Hurricane dylaniano con sus lastimaduras, allí está Joaquín Sabina a cara descubierta y con sus pómulos ensangrentados, producto de tanto andar, rozarse, entreverarse en la multitud de donde captura sus relatos, su poética estrictamente rimada y sencilla, aunque con sus guiños cultos y sus rebajes humorísticos. Es como la presentación del cantautor que ha masticado sus demonios y que sale a expulsarlos a partir del arte de modelar canción popular. La primera impresión que otorga el compositor andaluz a partir del recorrido de sus catorce tracks contenidos en Dímelo en la calle, desde «No permiten la virgen» hasta «Somos diferentes», es que Sabina actualmente es excesivo y en consecuencia puede llegar a ser sofocante. Es que su torrencialidad de su sistema escritural ya no sorprende, ya no excita y ha perdido esa sensualidad del cantor/frontera (como dicen en España), lo que enfatiza esa impresión de estar reiterándose, casi como calcando la obra fundada o trabajando variaciones que tendrán sus aciertos. Ahora sus recetas melódicas y rítmicas, viajes por géneros varios con puntapié inicial de balada rota dylaniana que incluye cuerdas, voz alcohólica y un zumbido persistente de armónica.
Desde luego que mantiene esa condición nocturna para darle contexto y contenido a sus canciones y, especialmente, a esas historias donde el chaval y el loser, el guarro y el desasosegado, el irreverente y el melancólico hacen una unidad. Son elementos a veces nutritivos y motivacionales, en ocasiones autodestructivos que operan y han operado con logros mayores anteriormente de tal modo que habilitan su escenario creativo para lanzar esas canciones que trabajan un mundo, su mundo de forma absolutamente confesional.
Por supuesto que el disco coloca su eje en esas inflexiones baladísticas que tantos royalties le han brindado, pero Sabina no se niega a las «latineces» picantes («Ya eyaculé», por ejemplo), a las atmósferas que los acercan al blues lunar («El café de Nicanor»), al propio rocanrol («Vámonos pa´l sur») o otra estructura baladística, más pop en el caso puntual de «Lágrimas de plástico azul»). Todo muy profesional en lo arreglístico, en el modo interpretativo, en las pulsaciones sonoras.
Hay otras canciones que van impactar en los receptores por el juego escritural: los casos de «Peces de ciudad», muy pegadiza asimismo en su articulación musical.
O «La canción más hermosa del mundo» y hasta la muy meritoria «Cuando me hablan del destino» (un texto con atmósfera tanguera y mucho Buenos Aires y citas a Fito Páez y Charly García), las más confesionales de sus historias, ese territorio donde el yo particular se arma y se desarma constantemente, algo típico en poética narrativa de Sabina.
Pero, en definitiva, Dímelo en la calle, no agrega demasiado a su frondosísima obra. Es un disco de sobreviviente donde, como él se encarga de subrayar, lo peor ha pasado y cuando «me hablan del destino cambio de conversación», dice, con aire de pasota.
Un disco tal vez de transición, de comprobar donde están sus hiatos como compositor y sus rutas posibles a recorrer. Aun menor, puede oírse, sobre todo sus incondicionales. *
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