Guerras del siglo XXI
El agua y el alimento eran –por entonces– las más preciadas riquezas para esa criatura biológica con miedos y sentimientos, que comenzaba a asumir la plenitud de su racionalidad.
Así nació el poder, que se nutrió de la prepotencia, el autoritarismo e incluso hasta de los presuntos liderazgos espirituales. Miles de voluntades fueron aherrojadas, implacablemente sometidas por las armas de los más fuertes o bien aniquiladas.
La conquista del territorio derivaba invariablemente en la apropiación de las riquezas, el producto del trabajo de los más débiles y la concreción de aberrantes situaciones de dominación colectiva.
Esas primigenias formas de sometimiento parieron –con el tiempo– la esclavitud, que fue, sin dudas, una de las prácticas humanas más despiadadas de que se tenga memoria. Ese fenómeno fue legitimado incluso por brillantes civilizaciones de la antigüedad, que lo consideraban como parte de un presunto orden natural.
La fundación de los imperios de otrora, antes y durante el auge de las monarquías, fue edificada también sobre la sangre de miles de inocentes, que sucumbieron ante las nuevas tecnologías de exterminio.
La violencia belicista se expandió luego a territorios de ultramar, que debieron padecer las sangrientas aventuras de conquista y la voracidad imperialista de las coronas.
El denominador común fue – nuevamente – la guerra de apropiación y anexión compulsiva, el genocidio indiscriminado, el saqueo y el arrasamiento de culturas.
América padeció esa barbarie durante la experiencia de la colonización, que transformó el modelo de vida de los aborígenes que poblaban estas tierras en un auténtico infierno. El mentado intercambio entre civilizaciones registrado como un eufemismo en textos y documentos, fue inicialmente una brutal hecatombe.
Los imperialismos se han perpetuado a sangre y fuego en nuestro tiempo, frecuentemente secundados por la guardia pretoriana de regímenes dictatoriales que –a su tiempo– sofocaron todo proyecto de cambio o transformación social.
Nuestro Uruguay, al igual que otros hermanos de este continente recurrentemente agredido, debió padecer experiencias pesadillescas de autoritarismo. Muchas heridas permanecen abiertas, por el silencio cómplice del poder y la impunidad institucionalizada.
La historia es, en efecto, una interminable sucesión de guerras que se proyecta a este tumultuoso tercer milenio, con nuevas confrontaciones y renovadas acechanzas.
Cuando cayó el telón de un siglo XX prodigioso por el desarrollo de la ciencia y la tecnología, todos suponíamos que los tiempos más violentos habían cesado, tras una centuria de holocaustos y conflagraciones.
El descongelamiento de la denominada guerra fría que se instaló en el planeta luego de las tragedias colectivas de los primeros cincuenta años, permitía avizorar un período de distensión y paz.
Con la extinción del disenso que dividía al mundo en dos grandes bloques ideológicos, se alejaba el fantasma de una nueva guerra convencional de grandes proporciones o la posibilidad del infierno nuclear.
Sin embargo, de la caída de ese modelo bipolar universal nacieron nuevos conflictos regionales, étnicos, religiosos, sociales y particularmente económicos. La historia, en efecto, demoliendo literalmente los pronósticos más optimistas, había dejado muchas cuentas por saldar.
En «Guerras del siglo XXI», el semiólogo e investigador español Ignacio Ramonet construye un descarnado retrato del mundo de la posmodernidad, con todas sus incertidumbres, tensiones y contradicciones.
El ensayista, autor de recordadas obras como «Marcos, la dignidad rebelde», «Un mundo sin rumbo» y «Rebeldes, dioses y excluidos», propone una profunda reflexión en torno a los nuevos miedos y amenazas que afronta la humanidad de este siglo XXI.
En el primer capítulo, el escritor describe sin eufemismos los escenarios mundiales de nuestro tiempo, denunciando la inquietante supremacía de los Estados Unidos, transformado hoy en el imperialismo más poderoso de la historia. Ramonet afirma, sin temor a eventuales controversias, que el país del Norte es actualmente la potencia de mayor poderío militar, económico, financiero, tecnológico e incluso hasta cultural.
En ese contexto, no oculta su preocupación por el papel de gendarme global asumido por Washington, que se consolidó aún más luego de los atentados del 11 de setiembre de 2001 y la posterior invasión al pastoril y desolado Afganistán.
Ramonet analiza que actualmente existen tres herramientas de poder que dominan el escenario mundial: los bloques económicos, las multinacionales y las organizaciones no gubernamentales.
Estas estructuras han ido reemplazando paulatinamente a los estados- nación y a los gobiernos legalmente constituidos, que son o serían los presuntos depositarios y custodios de la soberanía popular.
El crítico observador denuncia sin cortapisas los males derivados del triunfo de la ideología y la praxis neoliberal, advirtiendo que existen actualmente en el mundo casi mil millones de desempleados o subempleados. Ello suma la sexta parte de la población mundial, que debe sobrevivir en condiciones de extrema precariedad.
Ignacio Ramonet fustiga la agudización de la desigualdad social, que expresa a través de un indicador singularmente elocuente: en pleno siglo XXI, la renta de los ricos es 82 veces superior a la de los pobres.
Con el propósito de demoler algunos recurrentes mitos, el investigador recuerda que en Estados Unidos hay 45 millones de pobres y 50 millones en los países de la poderosa Comunidad Europea. Ello es un cabal testimonio del fracaso de un sistema que ha parido más miserias que prosperidades, incluso en las naciones que suelen ufanarse de su desarrollo.
La concentración de la riqueza que responde a patrones de distribución reñidos con la equidad que las potencias exportan recurrentemente al mundo en desarrollo, ofrece un dato cuantitativo de la realidad no menos contundente: el comercio mundial está hoy controlado por apenas 70 grandes empresas multinacionales o corporaciones.
El autor analiza las causas concretas de este despiadado escenario, que atribuye al poder del mercado como elemento articulador de los términos de intercambio cada vez más desiguales, las privatizaciones masivas, los nuevos monopolios y oligopolios y la desregulación laboral.
A su juicio, la cultura mediática que hoy gobierna nuestras rutinas se ha transformado en un privilegiado vehículo de propaganda de las presuntas bondades del modelo.
Para descifrar el meollo de este cúmulo de contradicciones, Ramonet aporte otro indicador que impacta: sólo el 1% del billón de dólares que movilizan las transacciones diarias se reinvierte en generación de riquezas genuinas. El resto sería mera especulación financiera, que naturalmente jamás retornará a los anémicos bolsillos de los trabajadores.
El analista denuncia el fracaso del neoliberalismo, responsabilizándolo del desmantelamiento de los Estados, el aumento de la miseria y la marginalidad, la explotación infantil, la corrupción instalada en el poder, los paraísos fiscales y las prácticas de fraude bancario.
El autor no se detiene en la mera enunciación de las calamidades económicas y los artificiales terremotos financieros que suelen azotar al mundo.
Por el contrario, el escritor identifica claramente otras fuentes de temor y perplejidad, derivadas del saqueo y la depredación ambiental con propósitos empresariales, el consecuente recalentamiento global, la pesadilla científica de la clonación y la irracional explosión demográfica.
También en este contexto de análisis los indicadores provocan
ciertamente honda conmoción: cada año se generan dos mil millones de toneladas de residuos sólidos y basuras contaminantes y 350 millones de toneladas de sustancias peligrosas.
Los países ricos –que se han resistido frecuentemente a negociar eventuales soluciones a esta potencial amenaza– son los responsables del 90% de la producción de estos agentes agresores del medioambiente.
Ignacio Ramonet vincula naturalmente este fenómeno con la irresponsable cultura de mercado y la voracidad consumista inducida por la aparentemente irresistible seducción mediática.
El ensayista identifica otras situaciones no menos inquietantes, derivadas obviamente de un modelo global que está marginando a millones de seres humanos en todo el mundo.
Al respecto, denuncia el visible crecimiento de las ultraderechas europeas que se alimentan del descontento popular, el recrudecimiento de la xenofobia y de una suerte de patológico darwinismo étnico.
En su opinión, esta particular coyuntura ha generado una crisis de confianza respecto a los partidos políticos, los sindicatos y otras organizaciones sociales de base, que otrora eran referentes insoslayables.
En otro tramo de su obra, Ignacio Ramonet ingresa osadamente en el análisis del paisaje mundial luego de los atentados del 11 de setiembre del año pasado, planteando todas las paradojas derivadas de ese suceso que impactó a la opinión pública planetaria.
El investigador abre las tapas del «libro negro» del imperialismo, recordando las agresiones perpetradas por los Estados Unidos durante el siglo XX y la contemporánea reinstalación de la política del garrote, que hoy amenaza a la propia democracia interna norteamericana.
No soslaya por supuesto la despiadada agresión contra Afganistán, la renovada beligerancia contra Irak y la cruzada militar y propagandística que identifica a un nuevo enemigo genérico: el terrorismo internacional.
Con visión contextual, el autor analiza también el eterno conflicto de Medio Oriente y la guerra de Los Balcanes, entre otras confrontaciones bélicas puntuales que tienen como protagonista a la más poderosa de las potencias.
El escritor ensaya una despiadada mirada crítica a los territorios históricos del siglo XXI, denunciando todas las calamidades que azotan a una humanidad gobernada por el estupor, la incertidumbre y la desconfianza.
Sin embargo, Ignacio Ramonet que es uno de los promotores del Foro Social Mundial de Porto Alegre- no se limita a elaborar un mero inventario de tragedias individuales y colectivas.
Desafiando a la realidad, el autor formula una vibrante convocatoria a reconstruir pacientemente la utopía como proyecto mundial, para enfrentar exitosamente la ofensiva neoliberal y fundar un nuevo orden más justo y solidario.
(Ediciones Arena Abierta)
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