"El olvido nos espera a todos"
«Yo no sé quién soy y creo que nadie es capaz de decir exactamente quién es. El problema no es sólo la identidad propia, sino la identidad del otro. En Europa tenemos problemas para entender al otro. Debemos entender que en el mundo no está sólo la ciudad donde vivimos, hay muchos otros lugares y deberíamos comenzar a entender a los otros desde que aprendemos las primeras palabras».
De este modo, el escritor portugués José Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922), sintetizó, en parte, El hombre duplicado, su nueva novela que aborda el problema de la identidad, la búsqueda de las diferencias y el encuentro con un ser similar.
Durante la entrevista en la que participaron quince países (por Uruguay, LA REPUBLICA, Brecha y El País Cultural), Saramago explicó que su segunda novela tras la obtención del Nobel, narra la historia de Tertuliano Máximo Afonso, un profesor de historia que, por casualidad, descubre una grabación en video de otro hombre igual que él y decide salir en su búsqueda. Ante la pregunta de cuál sería el alma original y cuál la copia, Saramago dijo no creer en el destino y no saber qué es el alma.
«Creo sí que hay una conciencia que hemos conquistado. Una conciencia que me permite saber de mi propia existencia, del lugar donde estoy. Tengo una conciencia histórica del mundo, pero eso no pasa por un alma. Además, si ahora somos seis mil millones de personas y cada una tiene un alma, eso significaría que en el principio de los tiempos ya existían seis mil millones de almas ya dispuestas en la cola, esperando que llegáramos. Lo que hay es una conciencia que forma, o que se deforma, todos los días. Ahora, si a eso se le quiere llamar alma, o espíritu, es otra cosa. No creo en eso».
La polémica clonación –que divide a la grey científica, religiosa y filosófica– no fue el punto de partida de su nueva novela, explicó el autor de El evangelio según Jesucristo. Sin embargo, el tema le asusta: «Temo mucho la capacidad de la ingeniería genética. En este mundo somos más de seis mil millones de personas, ¿para qué clonarnos más? Entonces dejamos de tener relaciones sexuales y todo se resuelve con la clonación».
En este contexto, y teniendo en cuenta que en La caverna, su anterior libro, hay una alusión directa al mito de Platón, definió de este modo la importancia de la filosofía en su escritura: «Hace unos años, en Oviedo, España, se publicó un libro donde los escritores debían presentar diez propuestas para el milenio. Por encima de lo absurdo de presentar ideas para los próximos mil años, yo presenté ideas para mañana, quién puede saber lo que puede ocurrir en un milenio. Una de la propuestas que presente era, sencillamente, eso: regresar a la filosofía».
Saramago, que dijo ser un ensayista que no sabe escribir ensayos y por eso «no tiene más remedio que escribir novelas», se refirió a su periplo literario, iniciado en 1947 con Tierra de pecado, su primera novela. el comentario del escritor fue: «Desde ese entonces, hace una eternidad casi, el hombre que era entonces ha podido escribir esa novela, que hoy no escribiría. Uno crece, se amplía, entiende mejor las cosas, lee, estudia y, poquito a poco, y si le va bien en la capacidad de hacerlo, lo hará. Creo que, sobre todo a partir del año ochenta, con la publicación de Levantado del suelo, entré en un tiempo de creatividad más intensa y, digamos, más consciente de mis propios medios».
En sus novelas, los personajes no tienen nombre o se sienten disgustados con ellos. Para el escritor, este recurso se debe, meramente, a que «los nombres de las personas hoy no tienen mucha importancia. Se repiten. Si en Ensayo sobre la ceguera nadie tiene nombre es porque ese detalle no adelanta nada. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta la situación de que todo el mundo se vuelve ciego. ¿En qué puede importar cómo se llame? Lo importante es aquello que ha sido –el médico, la mujer del médico–, y eso es suficiente para que la gente entienda. Además, en estos tiempos, lo importante no es el nombre, sino el número de la tarjeta de crédito que uno tenga».
Democracia y fachada
Convencido de que hay palabras ratones, que hacen mucho ruido pero tienen poco contenido, como «democracia», el autor de «Historia del cerco de Lisboa» dijo: «Esa palabra se está vaciando muy rápidamente. Vivimos en un mundo donde afortunadamente todos podemos debatir, pero hay algo que no se discute y es precisamente la democracia. Como si ésta fuera algo que está ahí, invariado, y, por lo tanto, no vale la pena hablar de ella. Lo cierto es que la democracia cada vez tiene menos contenido democrático y se está convirtiendo en una fachada. Por detrás de esa fachada hay cada vez menos contenido que valga la pena ser entendido como un sistema de relaciones humanas que se presente en la voluntad política de los ciudadanos».
Categórico agregó: «Los gobiernos no mandan nada. Los gobiernos son los comisarios políticos del poder económico y financiero mundial. Están ahí para cumplir lo que les interesa a esos poderes. El poder económico y el poder financiero no son democráticos. Nadie está votando eso. Constituimos parlamentos y gobiernos y si hacen las cosas mal podemos cambiarlos, pero no podemos quitar una multinacional ni cambiar sus políticas. Como tampoco podemos convencer al Fondo Monetario Internacional de cambiar su política. ¿Entonces por qué seguimos hablando de democracia como si esto fuera algo que usamos todos los días? Ahí tenemos un latón que hace mucho ruido pero que cada vez tiene menos contenido». Saramago reflexionó sobre la violencia y la incomunicación, dos condiciones que la Humanidad aún no ha podido vencer.
«La vida pacífica entre los humanos es algo que creo no ha ocurrido nunca. Todos somos semejantes, pero eso hasta ahora no ha sido suficiente para que nos entendamos. Nos enfrentamos, no como lobos, porque los lobos cazan juntos, mientras que nosotros estamos cazándonos unos a otros».
De olvidos y permanencias
Para el portugués, la obtención del Premio Nobel de Literatura 1998 no es sinónimo de permanencia. Dijo también que el abordaje de temas controversiales en su obra no se lo plantea como un recurso de subsistencia para no caer en el olvido. En realidad, para Saramago éste es un manto que, más tarde o temprano, indefectiblemente, nos cubrirá a todos.
«El olvido nos espera a todos, estamos condenados al mismo y caeremos en él más pronto o más tarde. En mis libros no tengo una especie de plan de lo que voy a hacer para no caer en el olvido. No tengamos mucha confianza en el futuro porque no sabemos qué es eso».
Tomando en cuenta la posición política y social que Saramago, desde su condición de intelectual, ha expresado públicamente en reiteradas oportunidades, la periodista Ana Inés Larre Borges (del semanario Brecha) le preguntó cuál sería el papel más eficaz para que un escritor interviniera en la política mundial.
La respuesta fue: «A veces los escritores se miran a sí mismo como escritores y ahí se quedan, olvidando el hecho de que escribir bien no los libera de sus obligaciones como ciudadanos. No creo que el escritor tenga un papel en particular. Los ciudadanos tienen un papel particular, sean escritores o no. Personalmente, lo hago como ciudadano. Creo que tengo el derecho, y la obligación, de intervenir y hacer mis propias críticas». *
En pocas frases
«A veces los escritores se miran a sí mismo como escritores y ahí se quedan, olvidando el hecho de que escribir bien no los libera de sus obligaciones como ciudadanos».
«Los gobiernos son los comisarios políticos del poder económico y fi
nanciero mundial. Están ahí para cumplir lo que les interesa a esos poderes. Y el poder económico y el poder financiero no son democráticos».
«Esa palabra (democracia) se está vaciando muy rápidamente. Vivimos en un mundo donde afortunadamente todos podemos debatir, pero hay algo que no se discute y es precisamente la democracia».
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