Castillo paradójico
¿Puede haber una estructura edilicia, de porte de castillo vidriado, que tenga oquedades habitadas por ratas e insectos y lujosos aunque pocos espacios con complejos aparatos que hacen honor a la moderna tecnología?
¿Pueden convivir en ese castillo paredes desgarradas por la vejez, la humedad y el descuido con otras pintadas al blanco brillante, damas dignas capaces de exhalar el tufillo preservador del hipoclorito, devenido inesperado lujo?
¿Es posible que pueda vérsele desde afuera y aun recorriendo corredores oscurecidos a medias como una mole ambigua, madurada entre claroscuros, esfuerzos honorables de escuetos resultados y una degradación que fluye cual agua de un grifo que, por desidia, alguien ha dejado abierto?
¿Puede haber ríos de orín formando caprichosos dibujos en las baldosas de unos suelos, mientras que en otros, relucientes a fuerza de lampazos restregando lavandina, puede uno mirarse como en un espejo?
¿Es posible que en un piso curen, usando a la ciencia para decirlo con unas palabras de Juan Marsé que me fascinan «cual una gran cabeza puesta sobre un imponente cuerpo», al tiempo que en otros los pacientes aguardan gasas, vendas o palpaciones indagatorias a la manera de quien saca un crédito por el que lo ejecutarán un día cualquiera?
Sí, es posible.
Todo eso es el Hospital de Clínicas, gigantesca napia que moquea miseria y dolor, entre mínimos pañuelos de decoro. Mejor dicho, todo eso es la paradoja del Hospital de Clínicas, una de las más vergonzosas a las que cualquier ciudadano puede asistir y sufrir.
Hay realidades que ya no pueden ser camufladas. Hay discursos que ya no pasan el puente de la verdad. Hay promesas, que supieron estimular a los contribuyentes, amontonadas en los carritos de las sábanas sucias y en los contenedores de los desechos de las policlínicas.
Estamos ahora frente a un nuevo Presupuesto quinquenal. La pregunta es: ¿Abandonará la paradoja al castillo vidriado?
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