Pulseada.
La corporación de funcionarios públicos le hizo -o al menos lo intentó- la primera demostración de fuerza al gobierno. Se sacó las ganas de iniciar otra pulseada, ahora con la reforma del Estado como cuestión de debate.
Observando a estos sindicalistas recordé una frase de Camilo Cela, aquel gallego de ironías plenas y razones como cañonazos: «Qué ridícula la carne que envejece sin escuchar el zarpazo o el lento roído del tiempo, ese alacrán».
Eso mismo, lector: carne de trabajo cada día más vieja, expresado esto como metáfora de su estrategia inmodificable, petrificada, que no advierte el cambio de los tiempos ni entiende que el presidente jamás dijo que no los tendrá en cuenta.
Qué importa. Es una cultura antiquísima. La de apurar el paso, la de probar que se tiene poder, la de no dejar espacio a procesos, quizás reflexivos pero demasiado lentos, que obliguen quizás a doblar las rodillas. Vengan ese brazo y esa mano, hagamos la pulseada que nos jugamos todo en la primera batalla.
¿Qué batalla?
Según la corporación de los trabajadores del Estado el gobierno ha demorado la convocatoria para la negociación presupuestal. Aparentemente, sospecha también que, tras los pesados cortinados del poder político, en su ausencia, se urde una trama que la dañará.
Pero ¿cómo la dañará? Ah, ¡por favor! no le pidamos esa respuesta. No la sabe. Sin embargo, por las dudas, lanza la proclama: «movilicémonos y hagamos sentir que defenderemos nuestros derechos y reclamos hasta las últimas consecuencias».
Hay conductas a las que les acontece que, de tanto en tanto, dejan de comprenderse. El comportamiento de esta corporación es ininteligible. ¡Y eso que Mujica ha hablado claro! Tengo la molesta sensación de que la reforma del Estado enfrenta una paradoja: no se puede hacer sin los trabajadores, pero tampoco sin la dilución del poder prepotente de su organización sindical. Volviendo a Cela, esto va tomando un tufo «de puchero de sordidez».
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