LA COLUMNA AMARILLA

Ilustres

Quémeme el fuego del infierno si me opongo a que ciudadanos de mi ciudad sean declarados ilustres, ni menos aún a que lo sean.

Ahora bien, recordemos, lector, que una persona ilustre es la de distinguida prosapia, casa u origen, insigne y célebre a la vez.

Mi inquietud, que no he de negar, es que está ocurriendo una explosión demográfica de ciudadanos ilustres, por decirlo de manera incorrecta pero gráfica. A las autoridades municipales, que asumen la decisión de otorgar tal título de dignidad, les ha ganado una desesperación por el reparto que linda con lo excesivo o responde a una graciosa e inexplicable benevolencia.

Recuerdo que en tiempos pasados, de todos modos no tan lejanos, esta distinción era excepcional. O sea, premiaba a gentes con enormes cualidades a cuestas, cuyo servicio a la sociedad, generalmente desarrollado en silencio y hasta con cierto pudor, tenía un porte impar, extraordinario.

Se hacía honor entonces a la idea que condujo a crearla.

Es obvio que hubo luego quien decidió, en un minuto de generosidad embarazada, darle a la misma un carácter, ¿cómo decirlo?, más democrático. Y está claro: no había otra forma que flexibilizar, aflojar, distender las exigencias.

Ahí fue como si se hubiese abierto una enorme puerta y se dejara entrar a una multitud; no se trata de dar nombres pues tal vez uno caiga en la injusticia, ya que entre decenas de casos hay varios absolutamente justificados. Pero también es verdad que hay otros capaces de despertar un sarampión de sorpresa e incomprensión, mientras la condición de ilustre va cayendo de lo alto de la escalera de la excepcionalidad al popular suelo de lo común.

No quiero exagerar, pero si esto sigue así será posible que lleguemos a ver una cola de esperanzados contribuyentes a las puertas de la Intendencia de Montevideo, con un currículum prolijamente ensobrado, ejerciendo su derecho a postularse ilustre.

A revolver en las carpetas de mérito. Qué joder

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