F.I.F.A
A raíz de lo visto en el Mundial que venimos disfrutando, se ha desatado una polémica en torno al uso, o no, de los recursos tecnológicos que hoy le permitirían a un árbitro, saber casi a ciencia cierta si un fau, una mano, un penal, un fuera de juego, un corner y hasta un gol (nada menos), lo fueron respectivamente.
La citada tecnología hace ya mucho se viene usando en el turf, tenis, rugby y otros deportes… Forma parte de ellos.
Antes de entrar en el debate propuesto en estas horas ineludiblemente futbolísticas, y para su beneficio, queremos contar un cuento que transcurre en cierto país de servicio militar obligatorio.
En tiempos de paz, y por ende de gran siesta forzosamente burocrática, no hay en las Fuerzas Armadas universales, nada más importante que el soldado por lo general raso al que, en cada turno de Guardia, le toca ser el Vigía (tiene diversos nombres en diversas Fuerzas pero es lo mismo esencialmente), encargado de «avisar quién viene».
La razón es obvia: si viene el Jefe, y no están dispuestos a tiempo los honores que le corresponden (ciertos toques de la corneta o redobles del tambor, más la Guardia formada como Dios manda), el desgraciado Oficial Subalterno a cargo recibirá además de un rezongo cierta contundente sanción (en Uruguay llamada «tipa») consistente en varios días de arresto (eso quiere decir, a la edad del Oficial citado, no poder ir al quilombo ni al baile más o menos concomitante).
Para cierta oportunidad que viene al cuento, el soldado José fue debidamente adoctrinado e ilustrado acerca de los galones que sobre los hombros traen los capitanes, mayores, tenientes coroneles, coroneles y hasta generales, para que los identifique a debido tiempo y avise (para eso está) que alguno de ellos viene llegando. Como se ve: se requiere memoria, atención y ojo de lince (así como el conocimiento de las costumbres, horarios, automóviles y otros insumos informativos subsidiarios).
José cumplió a cabalidad y en varias Guardias la misión encomendada hasta que una tarde, viendo venir a un tipo que lo desorientó, gritó: – «¡Viene alguien que trae más galones que Dios!
Era verdad: venía un Corneta de la Banda (en realidad soldado tan raso como José) que, por tradición renacentista, llevaba la manga alborotada de arabescos.
Queridos lectores: volviendo al caso y aunque ustedes no lo crean, la FIFA trae en la manga más estrategia que Dios.
Pero en su caso no es error de apreciación.
Tiene, a nuestro juicio mucha más que los grandes organismos internacionales por razones que ahora no vienen al caso y todos conocemos. Como es sabido y dolido estos últimos carecen, casi por definición, de estrategia alguna.
Para lo que se pide: uso de elementos tecnológicos más o menos sofisticados en el fútbol, la International Board (conjunto tradicional si los hay, de viejos pelucones británicos que fijan las normas que rigen ese invento suyo) tal asunto no es ni será novedad.
Y la FIFA estará totalmente de acuerdo con lo que esos viejos «conservadores» opinen.
Porque se lo mire al fútbol por donde se lo quiera mirar (negocio o deporte) su éxito rotundo tiene basamento en las grandes multitudes y es por ahí que les transita a esta gente la estrategia que tienen en la crisma.
Esa maravilla se basa a ojos vista en la austera economía de su
práctica: basta, como los uruguayos bien sabemos, con alguna cosa que ruede a guisa de pelota, y con gente dispuesta a jugar, para que la magia se produzca.
De arcos puede servir cualquier cosa: las zapatillas (que nuestras madres prohibían usar para tal menester), la ropa, cuatro piedras, o cualquier otra cosa, para que el Bernabeu de la imaginación esté presente en cualquier rinconcito del mundo. Especialmente en los lugares más humildes del Planeta.
Y la estrategia de la FIFA, como lo demuestra el actual Mundial en África, es guiada por estrictas consideraciones geopolíticas:
¿Dónde está la mayor población del mundo?
Su máxima aspiración desde hace ya un tiempo es el Lejano Oriente y en especial, China; su sueño es que esa muchedumbre rompa zapatillas atrás de una pelota.
Para eso realizaron un Mundial en Corea y Japón que, ahora lo estamos viendo, dio frutos.
Y ganada latinoamérica desde los mismos comienzos del fútbol (por obra de la Reina Victoria), su apuesta esencial en el Continente es (como quería Kisinger), Estados Unidos.
Ya no sólo por cantidad de pobladores cuanto por capacidad de consumo.
Los otros deportes (hasta que se invente otro), no pueden competir con el fútbol en la materia que venimos señalando: economía de insumos imprescindibles.
Ello explica su imponente éxito mundial y la excelsa calidad de sus mejores cultores.
Entonces, para desgracia de las empresas de software, la estrategia correcta seguirá siendo la misma: deporte para todos y, de ser posible, para la mayor cantidad de gente posible. Sin necesidad de maquinaria medianamente sofisticada.
El fútbol, como tantas otras cosas, nace al pie de la gente. Allí florece. Y en esos lugares, incluso cuando lo practicamos de modo organizado, es bueno que para su práctica baste gente que quiera jugar y vecinos que quieran arbitrar (lo que ya es un alarde institucional en cualquier barrio de cualquier país).
Jamás olvidaremos que la Liga Penitenciaria de Fútbol, afiliada a la A.U.F. y por lo tanto a la F.I.F.A., no sólo tenía árbitros sino Colegio de Árbitros como pasa hoy en muchísimos lugares del mundo… Sitios muchas veces abandonados.
Forma parte indisoluble de ese deporte el juicio humano. Con sus consabidos errores y lo que ellos generan.
En un planeta alienado en la tecnología, cada vez más automático y robotizado, esa aparente «rusticidad» del juego nos está devolviendo por lo menos algo de la bendita imperfección humana.
|*| Escritor, senador de la República.
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