Piropos
Hay gentes horrorizadas. Los comunicadores organizan tertulias, seminarios y talleres para psicoanalizar ese horror. Ciertos personajes se rasgan las vestiduras y agitan sus manitos lloriqueando un «no tenemos nada que ver». Finalmente, las autoridades, de todo tipo, exhiben cierta autoindulgencia, despotrican contra el enemigo y proponen más ideas que Tortorelli en su histórico momento.
¿Qué ocurre?
Otra vez la violencia desatada por el fútbol; los energúmenos seres anónimos de los que se dice son minoría, afirmación tal vez debida a Nostradamus que van al ataque de congéneres, vidrieras, autos, iluminación pública y cuanto obstaculice la expresión de su primitivismo; la Policía declamando que hizo lo que correspondía; las indirectas a una Justicia supuestamente permisiva; las voces que se pierden en el aire y van a estrellarse contra la realidad.
Más claro que el agua. Basta, para entenderlo, asistir a diario, en cualquier bar, esquina, calle, plaza u oficina pública, sin que medie partido de fútbol alguno, a una habitual payada, creciente, de piropos contemporáneos.
¡Imbécil!
¡Andá a cagar, culo roto!
¡La puta que te parió!
Luego habrá más bellezas verbales o murmuraciones en retirada, amagues o piñas y patadas, amontonamientos o separaciones sin daños pero con multiplicación de amenazas.
¿Represión? Claro. ¿Prevención? Antes. ¿Hay responsabilidades escondidas? Sí, las del Estado.
La violencia está en la sociedad. Somos locos si creemos que se alimenta sólo de una pasión. Sin educación, sin equidad, sin entender que la justicia no siempre es hacer lo justo, sin establecer derechos y obligaciones e impedir que esta regla de oro sea rota, seguiremos cayendo cada día más profundamente en lo salvaje, lo instintivamente agresivo de la condición humana, hasta desaparecer como sociedad civilizada.
¿Un comienzo de riesgo? Represión fuerte y sanciones ejemplares.
Para ponerse el zapato primero hay que extraer el callo.
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