¿Hacia dónde vamos?
Hay muchas personas interesadas, diría de manera fundamentalista, en persuadirnos de que el progreso humano depende del desarrollo tecnológico permanente de la informática.
Tienen derecho. Igual que los parroquianos del Chiquito Otegui de hacer campaña a favor del alcohol para descubrir nuevas riquezas de la mente, al estilo de lo que Aldous Huxley, hace muchos años, pretendió a costa de darse la biaba con peyote y LSD.
¿Qué es común a tales embestidas? La velocidad.
La tecnología parece una enorme boa que día a día come un pedazo de sí misma y crea otro, al que también devorará; nadie sabe qué aparecerá mañana en ese cuerpo viscoso, sorprendente, imprevisible. Entretanto, los ardientes amantes de las libaciones, como Ruedita y Epifanio, chupan cual centellas que en cualquier momento desaparecerán de tan rápido que surcan el cielo.
Esa velocidad, precisamente, es la que me hace dudar, más allá de derechos, creencias o epopeyas personales, hacia adónde se quiere ir a la búsqueda de un mundo mejor.
Ayer hubo y mañana habrá nuevas interconexiones, nuevos aparatos, redes y botones que apretar, nuevas formas de comunicarnos.
Sin embargo, cada día crece el individualismo y la soledad, el egoísmo y la perversión, se hace anémica la lucha contra la pobreza, la marginalidad y la discriminación y nadie coloca el primer ladrillo del edificio de la justicia y la equidad social.
¿Para qué tanta velocidad y tantas cosas que se tirarán, en horas, para inventar otras? La tecnología es necesaria. No se discute. Pero el hombre necesita tiempo para pensar y para pensarse.
No es intrascendente que detrás del apuro fatalista por subir al supuesto tren del futuro se le vean los cuernos a grandes corporaciones.
Alguna vez habrá que analizar, si no nos pasan por encima antes, el riesgo de que esas corporaciones sustituyan a los Estados o los manipulen.
Perdón, ¿acaso es aventurado imaginar que algo tan tenebroso ya comenzó?
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