DIARIO DE CAMPAÑA, LUCHA DE CLASES Y SALVAJADA FUTBOLERA
¿Que tendrán que ver, hoy y ahora, «Morro» García, «Tony» Pacheco y el gran Carlos Marx? Muchísimo: la política como lucha humana, plagada de barro y sudor, no elude ningún área de la actividad humana, en particular el deporte.
1. No creo en absoluto en la objetividad sino en la subjetividad honesta. Soy, al igual que la inmensa mayoría de mi familia, socio del Club Nacional de Football. Soy, desde mi adolescencia, marxista, gustoso de estudiar tanto el marxismo en sus diversas variantes. Paso de calificaciones como «ortodoxo» o «renovador», pues las siento ambiguas. Marxista a secas, con pensamiento en permanente construcción, como todo marxista debe ser. Estos son mis » a priori» que vienen al caso querido lector, para que sepa desde qué subjetividad me expreso.
2. Hoy Martes, la Copa Uruguaya de fútbol tendrá como destino una de dos posibles y excelentes manos. Para empezar por mi rival, pueden ser las del Club Altético Peñarol. El aurinegro de Lorenzo Fernández. Schiaffino, Ghiggia, Obdulio, Spencer, Joya, el Tito Goncálvez, Morena, Diego Aguirre, Pablo Bengoechea, etc, etc. Para seguir por mi corazón, las del Club Nacional de Football. El tricolor de los hermanos Céspedes, Nazzasi, Perucho Petrone, el Pato Galvalissi, el Mono Gambetta, Cococho Alvarez, Peta Ubiña, Artime, Victorino, Hugo De León, el Loco Abreu, etc. etc. Gloriosas y dignísimas manos ambas, con gurises que corretean luciendo orgullosos sus colores hasta en el último rincón del país, mezclados y abrazados tras uno de esos interminables picados regados de diversión y amistad. Ambos clubes han hecho méritos para conquistar el título y si es la ley del fútbol la que decide la contienda, sólo cabe felicitar al vencedor y esperar una próxima revancha.
3. Actores de la alta burguesía uruguaya visten con orgullo una y otra camiseta. Pero algunos de ellos adoptan a menudo un comportamiento singularmente agresivo. Vaya uno a saber si es el «disfraz de pueblo» o qué, pero muchos chicos de buenos hogares y mejores bolsillos, transmutan en el más genuino energúmeno al acercarse al Estadio. Se suele achacar la violencia a la pobreza y la marginalidad, sin embargo, en el caso del fútbol, es muchas veces éste sector de la burguesía quien ha ido subiendo gradual y constantemente la temperatura. En el Montevideo de hoy, un clásico es la mejor aproximación a las invasiones inglesas, con menos consumo de aceite hirviente y mayor grosería verbal: un despliegue de fuerzas de seguridad inaudito, pero que lamentablemente parece necesario. Y no se debe exclusivamente a pobres y marginales este clima guerra latente, por cierto que no.
4. Paradoja de paradojas, laburantes y desocupados uruguayos, que crecieron en la veneración de una u otra camiseta, irán a la pelea que muchas veces ni fomentaron ni desencadenaron y eventualmente serán lastimados y/o objeto de razonables condenas por plegarse a la violenta convocatoria de algunos chicos de buena cuna.
5. Respeto no es demagogia y, entiendo que no es equiparable el grado de violencia de la hinchada de ambos grandes. Ha sido mucho más aplicada la conducción tricolor en la supresión de la violencia de las canchas que su contrapartida carbonera. No obstante ello, bestialidades surgen y pueden surgir de ambas parcialidades y el monstruo de la violencia tribal está agazapado en ambas tiendas. A mediados de la década del 90 fue degollado un jovencito que llegaba al estadio con la bandera de Nacional en su cuello. Y tras ese día escuché una y mil veces una tribuna entera gritar un cántico macabro («Cómo me voy a olvidar…») que celebra explícitamente ese homicidio. Las cosas por su nombre. Héctor Da Cunha, su viuda y su hijo, esperan acusación, condena, castigo y reparación. Las cosas por su nombre. Y que nadie tenga la más mínima tentación de tomar esto como anatema de un tricolor contra el aurinegro. Exactamente lo mismo diré (y juro que aún con más dureza, porque siempre se debe ser más duro en el juicio a lo propio que a lo ajeno) en cada caso en que la mano asesina o violenta venga mi club. Porque estoy absolutamente harto de que un clásico parazca una invasión extraterrestre, siento que no da para más, no lo soporto más y creo que somos muchos los que queremos recuperar el fútbol para todos, para Ud. y para mí, carboneros y tricolores, viejos y jóvenes, hombres y mujeres.
6. La mayor parte de las enormes hinchadas de tricolores y aurinegros son trabajadores, cuyos principales dolores de cabeza se originan en la conducta no subjetiva, sino objetiva de las clases dominantes, tan compuesta por referentes de uno como otro club. ¿Qué hacen entonces enfrentándose, golpéandose y lastimándose, hermanos de clase, cuyo día a día es igual de sufrido y celebrando un bizarro matrimonio social con quienes originan sus desgracias diarias? Hace ya casi 15 años, presencié ponencias sociológicas sobre fútbol y «barras bravas». Eran épocas de neoliberalismo puro y duro en ambas márgenes del Plata. Argumento central en casi todas las presentaciones: ante la dilución de causas mayores por las cuales convocarse, en tiempos de «hacé la tuya», el espíritu naturalmente gregario del ser humano conducía a nucleamientos cada vez más vacuos y tribales, basados en escasísimo sustento objetivo y en una delgada línea de simbología y liturgia compartida. Así se explicaba que clases objetivamente opuestas confluyeran en la misma tribuna a adoptar comportamientos similares y que, por el contrario, hijos de las mismas clases, se enfrentaran a morir. Hoy, si bien no conozco causas que ameriten ningún atropello o la sin razón de la violencia, encuentro muchas, enmarcadas en la lucha de clases y en la construcción de una nueva sociedad, que ameritan dedicar pacíficamente toda la energía, coraje, paciencia y tenacidad disponibles. Disfrutemos de la pelota, pero convoquémonos por la sociedad que (con suerte) legaremos a nuestros hijos y nietos.
7. Peñarol y Nacional son dos de los más gloriosos clubes del mundo. Y lo seguirán siendo en la medida que nosotros, la inmensa mayoría de sus seguidores entendamos que, quien te aplasta en tu vida cotidiana, luce tu misma camiseta, hermosos colores que habitan desde el pueblo más humilde de la campaña profunda hasta el mayor caserón de Carrasco y que, en cambio, quien es tu compañero ante las reales luchas de la vida, alberga en su pecho la casaca contraria. ¡Larga vida al tricolor y al aurinegro! Pero como lo que son por esencia: desafío deportivo y absolutamente nada más.
Que gane el mejor en la cancha. Que fuera de ella, no pierda nadie y que no vuelva a perder, como tantas otras veces, el hijo de un trabajador, sea cual sea la camiseta que luce con el más legítimo orgullo.
|*| Analista y matemático.
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