Acostumbrarse
Nadie dijo que fuera sencillo. ¿Podemos coincidir en que es necesario?
Lo que dice y hace Mujica debería ser sometido, en nuestras mentes ciudadanas y las de los opositores políticos, a una suerte de prueba de paciencia y habituación. Ocurre que a diario abundan dichos y hechos suyos que se modifican, a veces sutilmente, cual una leve contorsión, pero a veces de un modo sorprendente.
Mujica ha transformado la forma tradicional de hacer política. Eso es bueno, un aire fresco que entró por la ventana, una actitud menos convencional y encorsetada y, por qué no, menos cínica e hipócrita.
Se le reconoce y se le agradece, y él lo sabe.
Claro, hay ciertos límites si se quieren evitar entredichos al santísimo cohete y algunas confusiones que ametrallan con realidades impensadas hasta pocos minutos antes, o acaso insertan de una manera dolorosa dudas que parecían emigradas sin posibilidad de retorno.
Pasa con el novelón de Kirchner, al punto que el canciller Almagro sigue aún tratando de explicar que fue, exactamente, lo que dijo e hizo su presidente, después del laborioso discurso a la búsqueda de una más estrecha, permanente y constructiva relación con Argentina.
Y pasa con el brusco, aunque siempre posible enamoramiento con Lula, al punto de decir Mujica que nos vamos a subir al estribo de Brasil y nos vamos a mantener ahí hasta que podamos.
¿Puede uno, si se despoja de ensoñaciones y fantasías, estar bien con Argentina y con Brasil al mismo tiempo, todo el tiempo?
¿Puede uno ignorar las lecciones de la historia que corroboran, como la triste función del picador en la lidia, qué ha sido y es Uruguay para los dos grandes vecinos?
Un grano en medio de las nalgas de ambos.
Quizás el verbo vital, zigzagueante, y el ir y venir de nuestro presidente, reciban una certificación en el futuro.
Yo sigo creyendo que, ahora o más tarde, habrá que elegir.
Pero, bueno, mientras tanto y hasta que se pueda, acostumbrémonos a Mujica.
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