Etanol
Como periodista de vida profesional tal vez demasiado larga, pensé que se había ido por el caño mi capacidad de asombro.
Pero la realidad es la realidad, y a veces hay que pagarla caro. Toda convicción flaquea al toparse con argumentos que hacen equilibrio entre la inteligencia y lo esperpéntico, sin olvidar a la tozudez.
Me pasa ahora con Ruedita, que a decir verdad no es un problema sino una diversión, y con otras personas de representación más copetuda, o modesta pero numerosa.
Ruedita supo, por el quiosquero que le lee los titulares, del proyecto que una empresa norteamericana presentó a la Intendencia de Montevideo: invertir doscientos millones de dólares en una planta que convertiría los residuos, esos entre los que nadamos, en etanol para usarlo como combustible.
Aunque el proyecto no ha sido siquiera ojeado por los responsables municipales, la Unión de Clasificadores de Residuos Domiciliarios paró la oreja, puso pata en tierra y advirtió que miles de trabajadores serían perjudicados: los inversores engullirían por decirlo de manera coqueta lo más aprovechable de esos residuos y apenas darían ocupación a unas cuatrocientas personas.
Hoy deambulan por acá miles de clasificadores.
Ruedita cree que el etanol se chupa. Todo intento de persuadirlo de su error ha sido infructuoso. Ya marchó a la chacra de Rincón del Cerro, dispuesto a cualquier vigilia, portando un cartel que dice «Tanol pa’todo’ o pa’ nadie», segurísimo de que el Pepe le dará razón «porque l’importa la felicidá’ del pueblo». En fin. Ya lo devolverán al pago desmayado por falta de caña con brócoli durante dos o tres horas.
Pero está lo otro. Quizás este proyecto no sea el mejor. Pero llegará el momento en que se deba resolver dos cosas: agarrar viaje con inversores que den seguridad de hacer algo útil con la basura que nos inunda, e imaginar un destino laboral decente para ese ejército que ha sitiado a la ciudad con carritos a tracción a sangre.
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