Picardía
Aparece en el diccionario: arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados, aunque se acepta que es también la actividad de quienes rigen o aspiran regir los asuntos públicos, tanto como la labor del ciudadano que interviene con su opinión, su voto o de cualquier otro modo.
Muchos dicen, saliendo del libro gordo, que es el arte de lo posible.
Sin embargo, creo que a nadie se le ha ocurrido calificarla como la picardía o la astucia llevadas a estatura de arte.
Ana Lía Piñeyrúa, mujer francamente de buen aspecto y modos delicados, carente de ansiedad o, metafóricamente, de glotonería, inteligente y de extensa experiencia, se ha convertido en un ejemplo.
Recogiendo una vieja aspiración de muchas mujeres, anterior a sus preocupaciones pero a la que supo colgarse hace años con buena intención, dio a conocer un proyecto de jubilación para las amas de casa. Lo fascinante es el momento elegido: se trata de una cuestión de jerarquía nacional, expuesta justo cuando la simpática candidata del Partido Nacional ya inició la puja, con propios y extraños, por acceder a la intendencia de Montevideo.
¿Es un tema de campaña? No debería serlo. Nada tiene que ver con el ámbito municipal. Pero se convierte en eso por la sencilla comprobación de cuán fácil es conmover a la opinión pública con anuncios de tamaña turgencia social.
Pudo haber presentado el proyecto en cualquier otro momento sin despertar suspicacias. ¿Tiene derecho a hacerlo ahora? Por supuesto. Sólo que no es asunto de derechos sino de estrategias que pueden ser transparentes, rebuscadas o tramposas.
Alguien debe haber echado una mirada a las encuestas más recientes. Me imagino la inquieta recomendación: «Hay que darle gas». Y para remontar una cuesta se suele usar lo primero que se tiene a mano, aunque su futuro sea el desmoronamiento.
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