Los viajes
Hay preguntas que se ponen de moda. Es cuando la sociedad, avispada por un ruido, se encarama a la ventana a ver qué pasa. Pues bien, asomado yo al escote social, como diría Vázquez Montalbán si viviera, he advertido inquietudes acerca del hábito de viajar de los legisladores. Entonces aparecen las interrogaciones. ¿Viajan mucho? ¿Demasiado? ¿Cuál es la utilidad de esa vocación que pagamos los contribuyentes? ¿Cuánto cuesta? ¿En qué mejora nuestra calidad de vida o qué resuelve de los problemas del país?. Son preguntas con temperatura alta. ¿Acaso hallan respuestas convincentes, rápidas, al modo de un eficaz antipirético? No. Pero cuidado: sobrevive una información básica, que amontona números de viajes de cada quien, destinos, gastos y hasta razones que llamaríamos diplomáticas que explican esos viajes. El Parlamento jamás la ha negado, escondido, disimulado ni maquillado. Sólo que no es suficiente.
Cualquier legislador viajero puede exhibir argumentos convenientes para justificar, ya no explicar solamente, ese perentorio impulso de volar, literalmente, hasta alcanzar cercanas o lejanas tierras, históricos o turísticos horizontes, reuniones de trabajo de improbable prueba o convenciones donde tal vez se pierda el tiempo hasta la fatiga, atemperada con tragos de ron con hielo y almuerzos monumentales en hoteles que parecen florecidos de un cuento de «Las mil y una noches».
También sabe uno, por más distraído y desinformado que parezca, que hay viajes muy necesarios, obligatorios, hasta modestos, que no se discuten.
Lo que causa erupciones, lo que incomoda es la cantidad de recorridos y la repetición de ciertos protagonistas, las cuentas que le caen al Estado, o sea a nosotros, y las pocas, poquísimas noticias de que se dispone luego para evaluar la utilidad.
Cuando queremos saber de eso nos achatamos la nariz contra una tapia alta, densa.
Pero me tranquilizó Epifanio, menos mal: «Buscá, que siempre hay un agujerito».
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