Qué bien
Es necesario insistir acerca de la buena relación que han logrado el gobierno electo y la oposición, en un intento de diseñar, sin exclusiones, el porvenir del país.
¿Podrá sostenerse una vez que el oficialismo se meta de cabeza en sus responsabilidades intrínsecas?
Se puede ser optimista, escéptico o pesimista.
No son pocas las veces en que la complejidad de la administración pública se lleva consigo, cual un torrente, las buenas intenciones que iluminaron la escena hasta entonces. Empero, sin abandonar por un instante mi libertad de pensamiento crítico, he elegido el optimismo.
¿Por qué? Por el valor de las relecturas. Ayer volví a las páginas de «Consideraciones sobre las conductas animal y humana», un libro esencial de Konrad Lorenz, el creador de la etología moderna: «Los sencillísimos procesos nerviosos que acompañan a las vivencias van precedidos casi siempre por el signo positivo del placer o la repugnancia, y actúan incorporando o excluyendo por adiestramiento en el comportamiento que los produjo».
¿Más sencillo? Los mecanismos que incluyen o excluyen algo por adiestramiento, caso de la decisión de continuar o no una buena relación, «saben» de antemano, por influjo de la filogenia, lo que es bueno y lo que es malo para la supervivencia del organismo y de la especie. Y en el caso concreto que me ocupa, parece que unos y otros, por la suma de experiencias pasadas, negativas ellas, han aprendido que paga más la tolerancia que el desdén, la gentileza que la belicosidad y el postulado que el dogma.
Por si hiciera falta sostener mi optimismo, y siendo un devoto de la etología y del parentesco de las conductas animal y humana, añado que se ha descubierto, en la mayoría de las especies, un mecanismo que adiestra y al mismo tiempo recompensa el comportamiento que lleva a una relajación de las tensiones existentes.
Ah, sí, lector. Soy capaz de orar en algún templo, o mejor en un boliche, rogando no estar equivocado.
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