Insólito
-¿Adónde fue el sentido común?
-Hace tiempo que lo he perdido de vista. Creo que cayó en un barranco.
Como tantas otras cosas, este diálogo me lo he imaginado con la libertad que da mi avanzada edad (de cierto modo confiere el carácter de no imputable).
Pero me deja asir una idea esencial en torno a una cuestión a la que se hace difícil hallarle explicación. Dos días antes de que la Suprema Corte de Justicia, en casación, sentenciara a su favor, Antel acordó pagar a los guardahilos, con quienes mantiene un largo conflicto, siete millones de dólares, alrededor de cuarenta y cinco mil dólares para cada uno.
Los trabajadores reclamaban más de cien millones de dólares, así que muchos, entre ellos los directores del organismo, es posible que se hayan alegrado: «¡Qué bicoca este arreglo!».
De todos modos brota, cual petróleo de una torre o erupción cutánea adquirida en lechos inadecuados, una pregunta crítica, equivalente al nivel intelectual de un escolar de cuarto grado: ¿por qué Antel no aguardó esa sentencia?
Según el director Fernando Calloia y no es una cita textual pero su filosofía creo haberla preservado se hizo el acuerdo porque tras dos juicios perdidos por la empresa, en primera y en segunda instancia, era previsible que la casación de la Corte siguiera el mismo camino.
A veces, en épocas de altas temperaturas, ciertos razonamientos sufren sacudidas iguales a las de un motor recalentado. La jurisprudencia nacional abunda en ejemplos que contradicen la aventurada certeza de Calloia, que hubiese hecho mejor en buscar otros argumentos o, sencillamente, tirar la pelota afuera.
Si las empresas públicas pierden la chaveta y por este comentario no me introduzco en la cuestión de fondo ni en el derecho de los guardahilos menudo trabajo le aguarda a don Pepe para introducir en ellas, grabado a fuego, el concepto de austeridad.
En Antel, quizás por una enterocolitis institucional, la austeridad se fue por el caño.
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