Inmortalidad
Escribía yo, ayer, acerca de virus y sus mutaciones.
El imperialismo es un virus inmortal precisamente a causa de la variedad infinita de sus mutaciones.
Gran Bretaña consolidó en el siglo XVIII su supremacía marítima y comercial, como antaño los fenicios, y puso el cimiento de uno de los imperios coloniales más poderosos. Es posible que una lectura superficial de hechos históricos posteriores, particularmente desde el siglo XIX en adelante, haya introducido la idea de que el imperialismo británico languideció de manera penosa hasta casi desaparecer y que el pensamiento de su gobierno actual discurre por caminos más democráticos, respetuosos de la no intervención en asuntos de otros estados.
Craso error, lector. El virus imperialista está vivo. Ha mutado pero sigue siendo una cultura en el Reino Unido.
Cuando la Junta Militar argentina que presidía entonces, casi siempre borracho, el general Galtieri ocupó las Malvinas en 1982, hubo muchas especulaciones. Pero créame, lector, no influyó en absoluto el alcoholismo del criminal ni la necesidad de provocar una sacudida social, aunque ésta era necesaria porque el régimen se hallaba a un empujoncito del desplome. No. La verdadera razón fue la misma que metió un dedo entre las nalgas de Margaret Thatcher, instándola a pedir ayuda a su amigo Estados Unidos, otro imperio, para destruir de un plumazo la desorganizada audacia de los argentinos y quedarse con las islas del Atlántico Sur.
Esa razón, igual que en Irak, Afganistán y la franja de Gaza, es el petróleo.
Ahora quedó al descubierto. Gran bretaña iniciará prospecciones en las aguas oceánicas de los alrededores de las Malvinas. Nadie ignora que allí hay oro negro.
Lo único extraño es que haya demorado tanto.
Tal vez sea porque, ya sin militares indignantes, Argentina viene dando, desde hace años, un do de pecho estruendoso con su justo reclamo de soberanía. «No arriesguemos más», se oyó decir a una voz anglosajona.
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