SALOME

El viernes pasado, en la ciudad de Paysandú, bajo el sopor de un verano particularmente cálido, y sobre un alto estrado desplegado en la calle, se presentó la candidatura de Salomé Wolman a la Intendencia. Mujer, médica, homeópata y sanducera «hasta sucumbir», esta mujer se hizo (más) reconocida por su gestión al frente del hospital de Paysandú (Hospital Escuela del Litoral), donde practicó una política de transparencia y reorganización que dejó de manifiesto irregularidades y abusos reiterados en los últimos años de administración. A la vista de estos problemas, la propia ministra de Salud, María Julia Muñoz, autorizó una intervención en este hospital, la cual, junto con autoridades de Montevideo y Paysandú, permitieron sanear la situación institucional y financiera.

Lo que hizo Wolman en el hospital de Paysandú no debiera ser más que un modus operandi habitual en la política de transparencia que pretende llevar a cabo la izquierda. Sin embargo, su gesto dice mucho, ya que las irregularidades en la administración pública, muchas veces son el resultado de situaciones enquistadas por años ­o décadas­, de confusión entre lo público y lo privado, en las que el tráfico de influencias y el uso de los bienes públicos como si fuera propios han sido parte de la construcción política del Estado. El gesto de desenmascarar esta situación, y hacerle frente, habla de la valentía de esta mujer que ahora le propone a los sanduceros, ser una alternativa, dentro de la propia izquierda, a la reelección de Julio Pintos, el actual intendente.

La alternativa de votar al Frente Amplio para ocupar la jefatura departamental ha estado ­por el predomino blanco en primer lugar, y por el liderazgo de Larrañaga en segundo­ fuertemente relegada. Recién en la elección de 2005, el Frente Amplio pudo alzarse con la victoria. Pero esta historia es el resultado de una acumulación de fuerzas continua y sostenida.

En 1971, cuando por primera vez compite en las elecciones, el FA obtuvo el 13% de los votos en Paysandú (y 18% a nivel nacional). Trece años después, a la salida de la dictadura, este porcentaje continuaba prácticamente incambiado (obtuvo 14.6% en 1984). La separación del PGP en 1989, que representó un duro cimbronazo para el FA, se hizo sentir también en Paysandú: el FA cayó a 10,5%. Sin embargo, en esa ocasión, el Partido Colorado también cayó por debajo del 40%, obteniendo el 33,7% de los votos. Era el inicio de un nuevo «bipartidismo» en el departamento. Uno que terminaría enfrentando al PN con el FA, relegando al PC a un tercer lugar, de menor significación relativa.

En 1994 el Frente Amplio obtiene la cuarta parte de los votos sanduceros (24,8%). En ese momento se dibujaba en el país el Uruguay de tres tercios. La diferencia entre el lema más votado y el menos votado en la elección nacional (PC y FA respectivamente) fue de menos de 2%. Ello impulsó a la reforma constitucional, habida cuenta que, dada la tasa de crecimiento del FA (Luis Eduardo González la había calculado en 1,3% al año) era claro que triunfaría en la próxima elección nacional.

La reforma constitucional de 1996 separó la elección nacional de la departamental. En 2000, en las primeras elecciones propiamente departamentales, el FA obtuvo en Paysandú el 37,3% de los votos, dejando muy atrás al Partido Colorado (18,7%). Aunque por debajo del promedio nacional (39%), la votación en Paysandú fue la más alta que tuvo en FA a nivel municipal, luego de la de Canelones (40,1%) y, claro está, de la de Montevideo (58,3%). Ello dejaba entrever que Paysandú se iba volviendo «frentista», aún a despecho de que el liderazgo de Larrañaga continuaba siendo el factor más decisivo de la hegemonía blanca en ese departamento.

En 2005, el Frente Amplio ganó en muchos departamentos, como resultado «arrastre» del triunfo de octubre de 2004 principalmente (aunque el voto «castigo» a los partidos tradicionales por la crisis de 2002 y las virtudes de los candidatos municipales presentados por el FA influyeron también). Ello explica el espectacular crecimiento entre 2000 y 2005 en Maldonado (pasó de 35% a 49%), Rocha (16% y 52%), Salto (21% y 40%), Florida (22% a 43%) o Treinta y Tres (14% a 46%). En Paysandú, el FA experimentó un salto importante, ya que Pintos ganó con el 48,7% de los votos, pero fue la tasa de crecimiento menor de los ocho departamentos.

En las internas de junio de 2009, Paysandú sufrió, al igual que el resto del país, un resultado que no dejó bien parado al FA. Como señala Caillabet en su artículo «El mayo sanducero» («Brecha», 5 de febrero), el Partido Nacional tuvo casi siete mil votos más que el Frente Amplio, obligándolo a reaccionar y a «adueñarse de la ciudad con verdaderas puebladas, mientras la militancia nacionalista desaparecía de calles y plazas». Así, en octubre resultó la fuerza más votada del departamento, con 47% de los votos, dejando atrás al Partido Nacional con 36%, y al Partido Colorado con 15%. El MPP, en particular, resultó la fuerza más votada, alzándose con un 35,4% de los sufragios del FA. Cabía esperar entonces que presentara su propio candidato a la elección, lo que hizo luego de celebrar una elección interna en la que se presentaron tres candidatos. Resultó triunfadora Salomé.

Esta mujer, de reconocido compromiso con la izquierda, con Paysandú y con el movimiento popular (sus credenciales la muestran comprometida con el movimiento sindical y el movimiento cooperativo desde hace años), porta asimismo algunas credenciales propias de una cultura política que la izquierda hizo suya, al menos cuando hablaba del «hombre nuevo». En primer lugar, la de esforzarse por hacer bien las cosas. Y ello supone al menos tres principios. El de la honestidad (hay que cuidar hasta la más mínima falta, porque a través de las faltas menores se llega luego a las mayores), el del trabajo (porque no se les puede exigir a los demás que trabajen, si uno no predica con el ejemplo), y el de creer en lo que se hace (porque si no creemos que la causa a la que nos abocamos vale la pena, mal podremos invertir lo mejor de nosotros mismos en ello).

Esta cultura, asimismo, se combina con cualidades propias del «género» en la política. Y decir que no nos importa si un candidato es hombre o mujer, en un país como Uruguay, es negar la realidad. Es como si en Sudáfrica pos apartheid, fuera indiferente se blanco o negro. O como si en la Bolivia en tiempos de Evo, fuera indiferente que un político sea blanco o indígena. No, no es lo mismo, y el reconocimiento de esta diferencia es tan evidente para el común de los mortales, que concita la atención que los liderazgos políticos lo nieguen.

Dentro de estas cualidades, vale la pena mencionar algo a lo que crecientemente se le da más importancia: la ética del «cuidado». Aunque a la mujer se la asocia siempre con el cuidado de los hijos, no siempre se lo hace con el de los ancianos, los discapacitados o los enfermos. Y sin embargo así lo muestran todos los estudios: sobre la mujer recae, en mucho mayor medida que sobre los hombres, el cuidado de los otros. Así, cuidar de la gente, cuidar de los recursos naturales, cuidar de los recursos financieros o, aún más, cuidar de que la relación entre las personas sea de mutua tolerancia y respeto forma parte de esta «ética del cuidado», que todos debemos preconizar, pero que ha estado durante siglos producida y reproducida por las mujeres. Y no está mal creer que esa virtud, es también, una virtud política. Y que merece ser desplegada, sobre todo, y en especial, si hablamos de cargos ejecutivos, que entrañan la responsabilidad sobre miles y miles de ciudadanos. Unamos a esto la virtud, tan femenina, de ser a la vez timonel y marinero, obrero, capataz y patrón. Es esa suerte de «animal polifónico» en que las mujeres se han convertido, obligadas a compatibilizar roles familiares, laborales y políticos, lo que tendremos ocasión de ver, una vez más, si en este período se confirma un aumento de la representación feme
nina en cargos de dirección política.

No es, pues, indiferente que sea una mujer Salomé, la que está pidiendo una oportunidad para ejercer la jefatura comunal. Hay virtudes propias que la destacan, y también virtudes del género que deben tomarse en cuenta. Con su voz pausada, su gesto femenino y dulce y su firmeza a toda prueba, Salomé se suma a estas otras mujeres, que desde todas las tiendas políticas, se lanzan a conquistar el sillón comunal.

|*| Politóloga. Universidad  de la República

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