La niña Ana
La niña Ana tuvo una pesadilla. Fue luego de una fiestita que le hicieron, en la que lució en exquisitos rojo y negro, y que la alegró por lo alto, haciéndola flotar en una nube de ilusiones.
Tal vez la agitación fue mucha o el desbordado entusiasmo la alteró.
Lo cierto es que a la noche soñó cosas horribles.
A su alrededor había veredas rotas. Obligada a dar saltitos y mojarse con el agua de los equipos de aire acondicionado de los edificios, se sintió mal. Por la calle circulaban vehículos que parecían conducidos por esquizofrénicos escapados de la Etchepare, mientras paquidérmicas estructuras rodantes, llamadas «transporte público», la ensordecían con su anadeo ruidoso y la ahogaban con el humo negro exhalado por sus caños de escape.
Logró refugiarse en un portal, azorada. Observó que unos señores de uniforme gris, a quienes les gritaban irrespetuosamente «¡chanchos!», charlaban sin prestar atención a lo que ocurría y, de tanto en tanto, detrás de árboles o disimulados a la manera de una patrulla nocturna en Irak, anotaban matrículas en una libreta.
Gustándole las matemáticas, y queriendo huir de lo que veía, se puso a contar los contenedores. La basura adyacente le quitó las ganas. Subió entonces a un piso alto de un sitio conocido y confortable. Respiró profundo y echó su mirada sobre la ciudad. La advirtió perforada en muchos sitios y no aguantó. Bajó y recorrió las oficinas del lugar: colas de contribuyentes despotricaban contra su fe, ¡blasfemos!, protestando por contribuciones, patentes, alumbrado y tanto más que creyó volverse loca. ¿Acaso había estado tanto tiempo sin salir? Se encerró en un baño y sacó del bolso la bola de cristal que siempre lleva consigo. La acarició:
Bolita querida, ¿es esto todo lo que me depara el futuro?
Y la esfera, de golpe iluminada, le devolvió la imagen sonriente de Varelita y Mabel Lolo, abrazados.
Entonces despertó, sudando, dispuesta a pensar dos veces antes de hacer nada.
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