LA COLUMNA AMARILLA

Arte y difusión

Lo estético, aquello relativo a la apreciación de la belleza, es un océano inmenso donde habita el arte.

Se ha dicho que allí la corona real la ostenta la libertad del gusto.

A mí me gustan, entre otras expresiones artísticas, la música clásica y el tango, la pintura de Velásquez, las esculturas de Nantes y la literatura de Borges. A Ruedita, la cumbia y la murga, el blanco mate de los cielorrasos, las estructuras chuecas que arma Epifanio en el fondo y algo de Corín Tellado (a propósito, llora al leerlas pero no admite que se emociona; dice que son problemas neurológicos de tanta grapa con ruda que ha chupado).

O sea que todo es válido, respetable.

Sin embargo, en la cotidianeidad, por circunstancias que pocas veces se analizan, las cosas no son tan simples. Si algo se promueve o difunde más o menos será también, por el peso de la reiteración que influye en el hábito general, más o menos conocido y disfrutado.

Recientemente, varios músicos, investigadores de la música e intelectuales publicaron una protesta contra la escasa difusión, pese a las declaraciones oficiales, pomposas y sin sustancia, que tienen ciertas expresiones de ese arte. Recordando lo que se dijo luego de que Montevideo y Buenos Aires obtuvieran de la Unesco para el tango la declaración de «patrimonio cultural de la humanidad», precisaron lo que pasa con el dos por cuatro (habría que decir cuatro por ocho, pero esa es otra historia). Por supuesto, añadieron al reclamo el canto popular, la música de origen rural y el candombe.

Una de sus propuestas es modesta pero original: apelar a esas músicas en lugar de las que se usan en las esperas telefónicas.

¡Si habrá que reflexionar acerca de todo esto!

Concretamente al tango, manoseado en la verbosidad de los discursos, no lo difunden como corresponde ni los medios privados ni los medios públicos.

Peor aún: su promoción a cargo del Estado es, por decir lo más piadoso, desacertada e inútil.

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