¿Dónde estás?
¿Dónde estás querido, desesperadamente buscando consenso? ¿Por qué cuesta tanto hallarte, llave mágica que conducirá, otra vez, a la catedral de aburrida fachada de ladrillo rojo?
Fue como en el tango de Discépolo: «Yo la vía que se venía, se venía…»; y se vino, nomás, la tercera candidatura a la Intendencia de Montevideo, esa que, según los más optimistas, ¿o realistas?, puede destrabar el intríngulis creado en la Mesa Política del Frente Amplio por la competencia entre Varela y Martínez.
Mujer ella, de carácter fuerte, decidida y con un pasado de experiencia municipal muy rico, quizás logre el acuerdo tan esquivo, evite ígneas explosiones y ayude a la izquierda un nuevo triunfo electoral en la capital.
Es Ana Olivera y, virtualmente, la tomaron de los pelos y la sacaron del sillón principal del Ministerio de Desarrollo Social, cuya comodidad estaba probando tras haber sido designada por el presidente electo. Dicho sea de paso, este hombre no ha dicho todavía una palabra acerca del hurto de su ministra que padeció.
Hay toda una velada trama a la búsqueda de salvar unos zurcidos difíciles, precarios y unos equilibrios a punto de desmoronarse. Un excitante juego de contrariedades y de conveniencias. Algo parecido a un gran rostro cuya construcción insume tiempo, mientras la demora juega con la hipertensión de unos cuantos. Todos saben, a fin de cuentas, que el consenso resuelve el entuerto y no hay salida más amplia y corta que la de una sola candidatura, conseguida la cual, piensan muchos, llegarán las auroras de esplendor y los silencios serenos.
No me corresponde declarar preferencias, aunque las tenga. Me preocupa, eso sí, aun como un juego intelectual para azuzar a la reflexión, que se dé más importancia a la trama que a las personas y su capacidad específica para el cargo.
Eso, ya con Ehrlich, fue un riesgo. No una firma clara sino un garabato. Creo que costó unos votitos y podría volver a ocurrir.
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