El fantasma
Que tenemos un montón de problemas por resolver, ¿quién lo duda?
Que le hemos puesto el hombro a la esperanza, pese a la complejidad intrínseca de la realidad, ¿quién lo duda?
Ahora tampoco se puede dudar de la capacidad enorme y misteriosa de las mentes autóctonas, ni del sentido del humor nacional.
Hemos creado un fantasma. Famoso y pintón, para mayor deleite.
Richard Gere supo agitarse entre las piernas de Julia Roberts, luego correrla para que no lo abandonase en el altar, enamorar hasta el delirio a Diane Lane, persuadir a Kurosawa de protagonizar a un americano que busca la salvación en el budismo, convertirse en un policía corrupto, en un gigoló, en el perseguidor de la esposa infiel al que dan vuelta como una media, en un hombre que vive vidas simultáneas, en un loco lindo que gusta de caminar por pretiles y hasta en un cornudo que, por la facha, encuentra el repuesto necesario.
No es todo.
Ahora parece que también ha viajado a Uruguay, más precisamente a Minas, a visitar un humilde y casi desconocido templo budista, sacudiendo la bucólica serenidad de las sierras. Abundan carteles de bienvenida, pizarrones en quioscos alusivos a su presencia, apuestas sobre quién hablará primero con él y un inacabable rosario de versiones de lugareños, que van desde lo creativo a lo disparatado sin afectar el convencimiento de nadie: el tipo anda por ahí y punto. Y si aún falta la prueba física es porque no quiere que lo vean, viaja en camionetas de vidrios polarizados y en helicópteros, o es un maestro del maquillaje.
Nada más lejos de mi intención que exagerar. Pero un país que es capaz de semejante epopeya de la imaginación, ascendiendo a las cumbres intelectuales de un Bradbury o de un Clarke, tiene el cielo asegurado.
Las minuanas, de todos modos, atentas. Quién les dice. En una de esas el hombre está y no es para dejarlo ir así nomás, después de unos días de puro recogimiento espiritual y sin agitar las carnes.
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