El corsé
Hay que poner un corsé. Hay que planchar cabellos erizados. Hay que evitar que salten botones de camisa flojitos, con deseos de huir. Hay que domar quijadas agresivas. Hay que mantener la disciplina de la templanza.
Es tanto, y tal vez se me escapen otras necesidades, lo que hay que hacer con el Partido Nacional antes de las elecciones municipales si quiere impedir un hundimiento que se parezca al del Titanic.
Lo sabe Lacalle, y con eso anda lidiando como puede.
Tiene claro una cosa: toda autocrítica a su tiempo. Si aparecen quienes pretenden zambullirse en ella abruptamente, con la desembozada esperanza de pasar facturas que los salven, saltarán chispas y hasta explotará algún petardo afectando las posibilidades del partido cuando se vote a los intendentes.
Pero un corsé no se pone así nomás, puede reventar; no hay suficientes planchas ni hilo para coser y las telas y los botones están dañados; no es sencillo distender mandíbulas apretadas por la bronca; y para que la templanza vuelva a serenar los corazones difícilmente baste con amables, sonrientes sermones encima de un púlpito rajado por la realidad electoral.
¡Qué tarea, Cuqui! Ya ha dicho que asume toda la responsabilidad, aunque la frase haya sonado semejante a una lazada a quienes pueden romper lo que queda del barco, más que a una asunción de errores.
No empezó bien. Se le escapó un punto del tejido, por decirlo con cierta elegancia: Javier de Haedo, asesor económico de Larrañaga en la campaña, trajo a las mientes su discordante opinión con la política impositiva propuesta por los blancos diciendo, a micrófono abierto, «Astori tenía razón».
Por si fuese escaso, el mismísimo Larrañaga dejó claro que, abierto el diálogo formal con el gobierno por el presidente de su colectividad, no renunciará a cuantas entrevistas personales con Mujica se le antojen.
Y bueno, el hombre verá. Sabe qué necesita, pero ahora está rodeado de fieras, no de muñecos de trapo.
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