Hay algo más
En mi niñez había dos centros que irradiaban enseñanzas y, sobre todo, incorporaban principios saludables. Eran la familia, entonces grande, abarcadora, nacida de la inmigración, y la escuela pública. A riesgo de que se me considere un viejo nostálgico, declaro que fue una época mejor.
Con el paso del tiempo adquirieron forma y fuerza dos fenómenos que hoy conmueven a la sociedad.
Aquella familia desapareció, o en todo caso mutó, convirtiéndose en otra cosa que dejó por el camino su función formadora. Y la escuela pública, tras un largo proceso de daño y empobrecimiento, se sumió en una crisis de la que aún no logró desprenderse.
Ambos pilares, familia y escuela, fueron sustituidos como constructores pedagógicos y creadores de cultura por los medios masivos de comunicación y, esencialmente, por la televisión abierta.
La autoridades de la educación están ahora empeñadas, mirando sin miedos el creciente problema de la violencia, en convertir a la escuela en un centro de generación de diálogo para mejorar la convivencia. Con el fin de hacer posible tan noble objetivo se prepara a docentes y se planifica un conjunto de herramientas específicas. Aunque no será sencillo, existen recursos que podrán ayudar: maestros comunitarios, escuelas de tiempo completo y programas para erradicar la violencia que involucran a los alumnos y a su entorno.
Pero hay algo más. Tengo la impresión de que no se ha dado la importancia que merece a esa televisión abierta, la que es realmente masiva, en su papel tristemente deformador y estimulante, con intención o no, de comportamientos indeseables.
Ese algo más, simbolizado por una pantalla perversa que habita cada casa, y contra el que hay que luchar, se parece al riesgo del que habló Camus cuando dijo que si el humanismo está en retroceso es porque jamás han sido más cínicas las iniciativas de esclavización.
Mirar hacia éstas y combatirlas debe ser también tarea de los especialistas.
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