La búsqueda
El borracho, el auténtico, noble y honrado, consuetudinario, fiel a sus queridos líquidos estimulantes, alegre, tropezador y filósofo, es un tipo especial. Hay que estar preparado para sus reacciones, que un abstemio jamás tendría, ante circunstancias simples de la vida.
Por ejemplo, Ruedita quiere ser arqueólogo aunque no tiene la más remota idea de qué se trata.
Su ansiedad es justo la del beodo, que olfatea a cualquier distancia aromas que hacen temblar su corazón. Por eso quiere ir con unos arqueólogos neocelandeses que viajarán a la Antártida; todavía están allí, enterradas desde 1909, bajo el piso de una cabaña de madera y capas de nieve, veinticinco botellas de cerámica con el whisky «McKinlay», escocés puro. Las dejó, tras fracasar dos veces en llegar al Polo Sur, el expedicionario irlandés Ernest Shackleton.
Ruedita supo que la aventura se iniciará en enero próximo y sólo traerán dos de esas botellas, obviamente con fines de enriquecimiento cultural.
Para el más antiguo cliente del Chiquito Otegui eso supone una ofensa a sus más caras convicciones. ¿Cómo es posible, se pregunta, que dejen veintitrés botellas, enterradas tan lejos, para nadie?
Ayer bebió un litro de grapa con ruda y maicena en media hora, a ver si el cuarto de neurona que sobrevive en una oquedad de su cerebro le aclaraba semejante imbecilidad.
Al fin, dijo: -E’ pa’todo’, loco… ¿Quién lo va’chupá’, l’oso’ polare’? ¿Y lo’ marginao, lo’ deposeído’, lo’ gomía’ del plan d’urgencia?
Es imposible explicarle a Ruedita el valor arqueológico y cultural de una sola botella de las que se intentará recuperar.
El es un borracho y punto, con una lógica de solidez formidable.
Los amigos casi extinguimos las ideas para hallar un modo de convencerlo de que abandone su loca intención. No será tarea fácil.
Lo más raro porque con los borrachos de raza nada es lineal ni simple es que Ruedita jamás tomó whisky. Hasta hoy le parecía un acto aristocrático.
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