VIEJA PROPUESTA DE BATLLE
«Cabe recordar que en 1921, siempre preocupado por lograr un combustible nacional, Batlle propuso el monopolio del alcohol por el Estado. En la exposición de motivos la visión del gran estadista que presidía entonces el Consejo Nacional de Administración se hace patente, por cuanto resalta el hecho de que el precio de la nafta crecerá de continuo y, resulta imprescindible encontrarle un sustituto en el propio país.
La República envía al exterior en pago del alcohol, querosene y bencina que consume, mas de 6 millones de pesos por año. Una buena parte del oro que entra en ella a cambio de sus productos, vuelve a salir inmediatamente a cambio de esos artículos (…). La República puede, no obstante, empezar casi de inmediato a librarse de ese enorme tributo, produciendo ella misma el combustible que necesita para los usos en que ahora emplea el alcohol, el querosene y la bencina; y puede ahorrar anualmente mediante su propia Industria lo que ahora paga a la Industria extranjera sin necesidad alguna. Y la totalidad casi de ese ahorro iría a esparcirse entre los agricultores del país que tendrían un gran mercado abierto para el maíz que produjeren(…)» («El Día», fascículo 7, 20 de octubre de 1979).
Para dar el ejemplo, Batlle comenzó a usar en su propio automóvil una mezcla de nafta y alcohol.
Veinte años después, estallada la Segunda Guerra Mundial, Uruguay recibió, por parte del Comité Aliado para la Administración del Petróleo, un telegrama en el que se le comunicaba que en adelante y debido a motivos bélicos, iba a recibir apenas un pequeño porcentaje del que necesitaba.
Lo mismo le sucedió a otros países: en especial a nuestros vecinos.
Es difícil imaginar lo que aquello significo: de la noche a la mañana, casi sin previo aviso, todas las expresiones industriales, de transporte, de generación eléctrica, etc., se quedaron, como se dice ahora para otras cosas, «sin nafta».
Aquella grave previsión de Batlle contenía también un grave problema de Seguridad Nacional. Debemos agregarlo a sus méritos.
El petróleo llega o no llega según sus precios, pero también según decisiones totalmente ajenas que, además, pueden ser caprichosas. Incluso guerras o conflictos en los que no cortamos ni pinchamos pueden dar motivo, como en el ejemplo, al cierre administrativo (respaldado por la fuerza) del suministro.
Sin ir más lejos eso nos paso recientemente en el caso del gas proveniente de Argentina.
Es muy peligroso cifrar proyectos de gran aliento (por ejemplo el de un Uruguay Productivo) en base a tan endebles y veleidosos basamentos.
Recibido aquel «telegrama», Uruguay (como tantos otros países) puso manos a la obra asimilando el golpe y buscando alternativas urgentes.
Los autos, barcos y camiones (incluso los de Ancap) pronto anduvieron a leña (gasógenos): llevaban a bordo, o arrastraban, ciertos nada elegantes «quemadores» muy parecidos a una «quematutti» pero más grandes. Se hicieron carreras automovilísticas (por ejemplo desde Montevideo a Fray Bentos) para alentar su uso y eliminar prejuicios.
Los bosques, la leña, su carbonización y pirólisis, pasaron a ser vitales para el país como fuente de energía.
Ancap desarrolló sistemas y maquinarias (incluso portátiles) de extremada eficiencia capaces de sacarle a la madera hasta el último suspiro mediante su «destilación».
Pero además, nunca hasta hoy se ha destilado tanto alcohol en Uruguay. Por aquel entonces no solo en base a maíz cultivado acá sino al importado de la vecina y ubérrima pampa húmeda argentina.
Lo que propuso Batlle veinte años antes, por no haber sido hecho con tiempo, fue realizado de apuro y desesperadamente, ante la triste realidad que aquel «viejo» también anuncio.
Ancap produjo enormes cantidades de alcohol carburante, para usar tanto en vehículos como en otras aplicaciones.
Sin embargo, salidos de aquella guerra y recuperado el suministro de petróleo, nuestros abuelos, tal vez por el susto, decidieron con buen tino construir, con más tranquilidad, el formidable proyecto alcoholero de El Espinillar, para que nunca más Uruguay sufriera tales vicisitudes. Y fueron jóvenes batllistas los pioneros de ese Proyecto Nacional…que comenzó a ser destruido treinta años después, por el mal gobierno cívico militar al servicio de poderosos intereses extranjeros.
Y termino siendo arrasado vandálicamente por el pésimo gobierno de Lacalle, quien además, se jacto de tal «hazaña». Según el asesoramiento recibido desde las oficinas de Ignacio de Posadas y las de Jorge Batlle, la «mano invisible» del mercado, por fin liberada, nos iba a solucionar los problemas energéticos (ese y los otros).
Gigantesco cuento del tío imperial (de los que venden petróleo), que ni el capitalismo cree aunque lo predique.
Hoy, y ya casi sin discusión porque ni ellos se animan a decir palabra, dada la tan cruel y concreta realidad, volvimos a crear en ALUR, aquel viejo sueño batllista que se concretara en El Espinillar.
Podríamos hablar de la miseria social generada, de dos pueblos asolados (Constitución y Belén), de una enorme migración juvenil hacia la capital, de enormes pérdidas para Ancap y para el país.
De eso y mucho más podríamos hablar. Pero lo también arrasado por tanto vandalismo contra Uruguay, fue su destino, independencia, soberanía y bienestar.
Ahora, todavía tienen el atrevimiento de criticar lo que el gobierno frenteamplista viene haciendo para reiniciar lo que nunca debió haber sido asesinado. Lo que Batlle propuso hace noventa años. Lo que el batllismo construyo hace sesenta…¿Cómo puede un batllista votar hoy a Lacalle?
*| Escritor, senador de la República.
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