Otro debate
Aunque el que se ansiaba, ese que enfrentaría a los candidatos que van al balotaje, fue hundido, descalzo y rapado, por estrategias políticas, igual hay debates en este bendito país.
Uno explotó la noche que la Selección uruguaya de fútbol obtuvo su clasificación al mundial de Sudáfrica. ¿Qué lo originó? La ejecución, con un talante carnavalero, murguista, del himno nacional.
Es un debate sofístico. Que nadie caiga en la bobada de creer que hay que discutir de gustos o, si se prefiere, de estética.
Hace unos cuantos años Waldo de los Ríos compuso una versión supuestamente moderna y popular de la Sinfonía Nº 40 de Mozart. Según su propia confesión, la hizo para que la gente común «conociera y gozara de Mozart, entendiéndolo con facilidad». Logró que se difundiera a través de los «Aquí está su disco» que había en el mundo.
Fue un impacto efímero. Ya nadie la recuerda, silba ni tararea, anhelos que acuñó entonces el recreador. Menos mal. Si eso es Mozart yo soy una carmelita descalza y orante. Desfigurar la música clásica es pecado capital; se la puede ejecutar bien, mal o regular, o con más o menos instrumentos, pero siempre respetando su esencia. Los modernismos y la popularización implican traicionar un arte mayor, cuya comprensión y disfrute no admite atajos.
Algo parecido ocurre con los símbolos patrios. No se trata del derecho a la expresión artística libre. Un himno nacional no debe ser desvirtuado, aun cuando la intención haya sido la más noble, porque debe tener la protección que exige lo clásico y a la vez representativo de una nación.
A nadie se le ocurriría poner el sol de la bandera al revés, o matizar el celeste y el blanco de sus rayas con otros colores.
Y algo más: decir que esto es lo que se hace en otros países con sus himnos, en ocasión de espectáculos deportivos multitudinarios, es añadir, como si hablásemos de mortadela, doscientos gramos de estupidez a la que ya colocaron encima de la balanza.
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