EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA. LACALLE TAMPOCO.

Los niños de mi generación, entre ring-raje, bolitas, trompos, cometas y campitos, soñábamos con ser jugadores de fútbol, pilotos de avión, espías o detectives. De más grandes quisimos cambiar el mundo, reivindicamos el amor y muchos de nosotros garabateamos novela o poesía.

Luego, la vida enseña que para elegir una profesión no alcanza sólo con soñar. Además de talento, sea el oficio que fuera, se necesita vocación, ética, esfuerzo, maestros y oportunidades. Quien elija ser político para beneficio personal creyendo ser más vivo que los demás o por pura vanidad, quizás logre hacer una carrera fugaz, pero su legado institucional y su contribución a la democracia quedará más cerca del ridículo que del recuerdo. Con la aparición del armamento varios quisieron jugar a los espías y se quemaron con fuego.

 

El caso Feldman

En el último capítulo del patético culebrón de ahogado que armó Lacalle con el caso Feldman, ubicando por enésima vez a la izquierda frenteamplista en el cajón de los apátridas subversivos violentistas, el guionista porteño a quien contrató para la segunda vuelta se quedó sin letra. Borsari, acorralado por su jefe y sin la ayuda del renombrado publicista, armó la interpelación de la nada. Al ordinario teleteatro montado, que ya empezó muy mal con los informativos truchos, le inventó un final de risa. Lejos de la caballerosidad y respeto que lo ha caracterizado como parlamentario, Borsari acompañó a Penadés en hacer el trabajo sucio de la campaña. Subestimando la inteligencia de la gente pensó que la historieta quedaría más picante si le agregaba algunas fotos de libros «subversivos», un coronel «cubano roba-computadores» y el nombre completo de la supuesta novia rubia que acompañaba a Feldman. La realidad le pegó más duro que la caricatura de Arotxa. Los libros marxistas eran ocho, el coronel cubano resultó ser un asesor especializado del ministro del Interior, nacido en el barrio Peñarol, y la mujer rubia era una morocha que nunca conoció a Feldman, quien fue innecesariamente involucrada en un hecho delictivo del que es ajena y por lo que iniciará acciones legales para salvaguardar su nombre. Si bien el desdén popular dio por terminado este triste episodio de campaña, se imponen algunas reflexiones.

 

Cambio de monta

Enojado con la voluntad soberana que el pueblo expresara en las urnas el 25 de octubre, Lacalle, actuando sin entender los mensajes de la ciudadanía, culpó a sus asesores y cambió de caballo en medio del río. Aún más contrariado porque Bordaberry no aceptó sus insistentes pedidos de sellar esa noche con un abrazo blanquicolorado que le daría la foto que sería el estandarte de campaña para el balotaje, cambió totalmente de rumbo. Nombró nuevo jefe de campaña, se desprendió de los publicistas locales que lo acompañaron, contrató al gurú argentino del marketing político y compró la teoría simplona de que en todo balotaje la gente vota por el menos malo y no por el proyecto de país que más le gusta.

Eso abrió la puerta a una campaña negativa, en la que Lacalle, sin pudor, cambió la mano tendida por el garfio amenazador. Y cuando ya habían arrancado con los insultos, les cayó el caso Feldman como anillo al dedo. Un connotado dirigente blanco, medio en broma medio en serio, días antes anticipó que para ganar en noviembre Lacalle precisaba un acto terrorista como el sucedido en la estación de trenes de Atocha en España, el triste y famoso 11 M. Armaron el informativo terrorista sin firma para el Interior, pero no funcionó. Igual que a Aznar, las mentiras se le volvieron en contra. Por si fuera poco, ahora el zar mundial de la publicidad política hizo que Lacalle comprara los avisos con los extras de De Narváez y arreglate como puedas con las explicaciones éticas.

Ojalá nos quede claro a todos que en Uruguay la gente no quiere ni merece soportar más «camaleonismo» electoral. Los ciudadanos reclaman de los políticos autenticidad. Que se muestren tal cual son en el acierto, en el error y aún en el cambio de opinión. Ni siquiera se conforman con la mera coherencia discursiva. Esperan consistencia entre pensamientos, dichos y hechos políticos. Nada más ni nada menos.

 

El debate y la responsabilidad de las mayorías

Hasta el viernes, todo el Frente Amplio, y en especial la comisión de trabajo designada a tales efectos, queríamos debate de fórmulas. No por conveniencia electoral, sino para que quedasen meridianamente claros los diferentes modelos de país y gestiones propuestos por ambos partidos. Lo queríamos con agenda abierta y buscando garantías para que en el debate se privilegiase la discusión de contenidos por sobre los maquillajes de la estética mediática. El viernes y el lunes, con el informativo anónimo y la parodia de interpelación, la oposición dinamitó los puentes del respeto y el entendimiento. El martes nos propusieron debatir pero sin hablar del caso Feldman. Imposible. No somos hipócritas. Si debatimos hablamos de todo y a calzón quitado. Si aceptábamos debatir hablando, también de la campaña sucia, reforzaríamos el clima de confrontación irreconciliable que quisieron crear.

El Frente Amplio aprendió a ser gobierno más rápido que los blancos a ser oposición. Tener mayoría parlamentaria implica asumir el compromiso de preservar también a las minorías. Necesitamos acuerdos en algunos niveles y para ello se necesita restaurar la confianza mutua. Dijimos no al debate y sí a los acuerdos y el clima cambió. Bordaberry, Amado, Mieres, Juan Raúl, Da Rosa y el propio Larrañaga contribuyeron a distender las aguas y a retomar el rumbo de trabajo junto a lo que el país reclama. Como dijo Zitarroza, maestro del dolor y cantor del alma en su

Candombe del Olvido:

«El candombe es una planta que crece,

y hasta el cielo se estremece.

Sólo canta porque puede

y olvida lo que quiere,

la copla no lo mata ni lo hiere.

Flor azul en una lata,

relámpago de plata,

la vida no lo hiere ni lo mata.

Vuelve a amar y no se cansa,

la vida no le alcanza,

la muerte es una ingenua adivinanza.»

Que «el letrista no se olvide» que la gente para decidir necesita calma y no tanto ruido. En democracia la palabra la tiene el ciudadano, este es el Uruguay latiendo entero dondequiera que esté.

Defendamos la alegría

|*| Diputado Asamblea Uruguay

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