Pará, loco
¡Quién lo hubiera dicho!
La ciencia y la tecnología avanzan con frenesí y, sin embargo, en unas tres décadas nadie hallará casa ni terreno, faltará el aire y Ruedita no tendrá sitio en el boliche para seguir chupando como monaguillo de cura corto de vista.
Esto pasará porque habrá cada día más gente. Tanta, que su peso quizás haga que el planeta se desplome vaya uno a calcular dónde.
Alguien asegura que el hombre podrá alcanzar la inmortalidad alrededor de 2040. Serán tantos tipos que el 121 no parará y llegará a destino con los que pudieron subir al inicio del recorrido.
Antes de seguir, un paréntesis: se me ocurre que la fecha de 2040 huele a esas cosas imprecisas, difusas, semejantes a las adivinaciones para meter la mano en bolsillos de incautos, porque el pronóstico no supera el rango de una gran tontería.
Ray Kurzwell, que pese a ser sólo un escritor e inventor ha despertado interés en científicos distraídos, declama, enfático, que la inmortalidad será posible gracias a la nanotecnología, cuyos medios estrella, los nanobots, unas máquinas microscópicas, recorrerán el torrente sanguíneo, incluso sustituyéndolo, en un viaje por el cuerpo que curará células y órganos y acabará con el cáncer, el mal de Alzheimer, la diabetes y cualquier patología que intente sobrevivir.
¿Por qué me ocupo de esto? Se me antoja increíble la publicidad que se ha dado y la trascendencia que ha tenido la loca teoría de Kurzwell, digna de las inspiraciones más fenomenales y delirantes de Bradbury o de Clarke.
Y para muestra, un botón: se le escapó un punto, igual que a la tía Juanita tejiendo crochet. La ciencia ha probado que el universo, que se estuvo expandiendo, se detendrá en un momento aún indefinido del calendario, se contraerá, volverá a su minúsculo tamaño del principio y desaparecerá en la nada de la que surgió, dando origen quién sabe a qué otros mundos.
Para entonces nos habremos puesto, todos, el sobretodo de madera.
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