Escrito por: Por Carlos Baráibar |*|
Uruguay sólo puede llegar a ser un país de primera con un proyecto nacional que nos vuelva a entusiasmar y en torno al cual valga la pena jugarnos como sociedad. Hemos comenzado a impulsarlo y está en nuestras manos asegurar su continuidad y consolidación.
El domingo 29 los uruguayos optaremos entre proseguir el camino de cambios iniciado con el gobierno de Tabaré Vázquez, que revirtió una larga crisis estructural que hizo eclosión en 2002, o regresar a una concepción de gobierno que, por acción u omisión de sucesivas administraciones, provocó el crecimiento de la pobreza, el aumento de la desocupación, el descenso de los ingresos de la mayoría de la población, el deterioro progresivo de la salud, la educación, la seguridad ciudadana, el déficit de vivienda y, entre muchos otros problemas, una enorme fractura social que separó dramáticamente a los uruguayos en el punto de partida. En estos últimos años de gobierno estas situaciones han ido cambiando positivamente, incluso a pesar de la gravísima crisis internacional que provocó recesión en la inmensa mayoría de los países, con contadas excepciones, entre las cuales se encuentra Uruguay, y no por casualidad. En varios artículos anteriores hicimos una enumeración de los logros del gobierno, apelando a datos que no han podido ser controvertidos y a comparaciones con anteriores administraciones. Hoy vamos a efectuar algunos comentarios políticos sobre aspectos a tener en cuenta a la hora de decidir el voto.
La campaña de la fórmula Mujica-Astori se centra en tres ejes, que resumen objetivos y propuestas del próximo gobierno:
- Un gobierno honrado.
- Un país productivo.
- Un proyecto nacional.
Un gobierno honrado. Sobre este eje de la gestión progresista se ha hecho especial hincapié en la campaña previa al 25 de octubre y tiene una sólida plataforma que la hace creíble: la propia actuación del primer gobierno de la izquierda, que se adelantó a toda situación que pudiese generar dudas en la opinión pública. El elemento central ha sido la absoluta independencia asegurada al Poder Judicial y el respeto irrestricto por las normas constitucionales y legales.
Un pais productivo. Con relación a este eje a continuar desarrollando en el próximo gobierno, tampoco vamos a extendernos en este artículo. En anteriores entregas lo hemos abordado desde distintos ángulos, también con profusión de datos y ejemplos. Digamos, simplemente, que también en este punto el gobierno ha demostrado con hechos que cree en un país que crezca y redistribuya. Ahora vamos a una nueva etapa, donde se profundizarán las reformas y medidas adoptadas en este gobierno y se pondrán en marcha aquellas que por razones de tiempo y por los obstáculos que se interpusieron, como la crisis internacional, hubo que postergar o enlentecer. Y cuando hablamos de país productivo no nos referimos únicamente a las medidas que han coadyuvado directamente a más y mejor producción y empleo. También tienen que ver con el país productivo la educación (la relación entre ésta y el empleo, que será una de las preocupaciones centrales del próximo gobierno), y el apoyo al conocimiento como factor productivo, es decir, una apuesta fuerte a la innovación vinculada al desarrollo.
Un proyecto nacional. Sobre este aspecto vamos a hacer algunas consideraciones políticas que han estado aludidas en el debate de la actual campaña. Que éste haya sido un gobierno de la izquierda, un gobierno frenteamplista, y, por consiguiente, diferente a los anteriores, no significa que hubo una ruptura en términos absolutos con el pasado. Al contrario, pese al carácter renovador de sus reformas estructurales, ellas se inscriben en nuestra mejor historia: la que arrancó con Artigas y se inspiró en su ideario, y que a lo largo del tiempo se nutrió de lo más avanzado del pensamiento y la acción de los partidos fundacionales, de los movimientos sociales y de los demás partidos, incluyendo, por supuesto, los aportes que a lo largo de nuestra historia ha realizado la izquierda, que desde 1971 se unificó en el Frente Amplio.
Cuando algunos dirigentes que respaldan a Luis Alberto Lacalle se enojan porque el FA reivindica a figuras que han trascendido las fronteras partidarias, como José Batlle y Ordóñez o, de otra etapa del país, como Wilson Ferreira Aldunate, sosteniendo que eso es una expropiación, actúan con mezquindad y estrechez sectaria. El proyecto que concibe el FA y su fórmula presidencial tiene carácter nacional porque, siendo un cambio profundo, es, al mismo tiempo, herencia y continuidad, proyección de la experiencia colectiva, social y política (incluyendo la de todos los partidos) a lo largo de la historia.
¿Cuántas veces políticos colorados y blancos han destacado a Líber Seregni como una figura nacional más allá de su carácter de líder histórico del Frente Amplio? Los frenteamplistas nos sentimos orgullosos de ese reconocimiento y no se nos ocurre pensar en una usurpación. Pero, además, ¿quién puede negar con argumentaciones sólidas que aspectos relevantes del ideario de Batlle y Ordóñez han sido integrados a la concepción frenteamplista? No tiene la culpa el FA de que el partido de Don Pepe no sea visto hoy por vastísimos sectores de la ciudadanía como depositario de aquel impulso renovador que le dio al país el primer proyecto nacional. ¿Y puede negarse que importantes postulados de Wilson Ferreira chocan claramente con las ideas conservadoras de Lacalle y que, en cambio, ellas se han reflejado en la gestión de gobierno de Tabaré Vázquez?
En un proceso progresivo de décadas, la ciudadanía ha ido reconociendo al FA como uno de los depositarios de las mejores tradiciones nacionales, de las que no puede ser dueño exclusivo un partido o un movimiento. Creemos que las ideas valen por sí mismas independientemente de quienes las han sustentado. Por consiguiente, cualquier agrupamiento partidario tiene derecho a defenderlas y reivindicarlas aunque no hayan surgido en su seno. Diferente sería si un sector político desconociera el origen de esas ideas y las personalidades que las impulsaron. Pero a los frenteamplistas no nos pasa por la cabeza negar la estirpe colorada de Batlle o el profundo sentimiento blanco y nacionalista de Wilson. ¿Por qué quitarle proyección nacional a figuras como ellos, o a quienes, como Emilio Frugoni, Líber Seregni o Carlos Quijano, entre muchos otros desde la izquierda, han aportado al acervo nacional?
Por lo tanto la opción que habremos de hacer el 29 no es de divisas o de cintillos. Cuando ciudadanos colorados y blancos resuelven dar su voto al candidato frenteamplista no están renegando de su tradición, ni de su divisa. Por el contrario, quienes optan por Lacalle lo hacen no por esos partidos sino por un viejo y perimido modelo de política, que no se corresponde con el ideario batllista ni con las tradiciones progresistas nacionalistas o de cualquier otro origen.
Uruguay necesita seguir creyendo. Y eso sólo será posible si todos, por encima de divisas, ideologías, convicciones religiosas o filosóficas, nos sentimos parte de un proyecto común. Eso es lo que está ofreciendo, a partir de la gestión del actual gobierno, la fórmula integrada por el futuro presidente de los orientales, José Mujica, y por Danilo Astori, que, al decir del candidato presidencial, “no será un vicepresidente más”.
Para terminar, al tiempo de reafirmar los pilares del futuro gobierno, reiteramos nuestro respaldo al talante de diálogo y de acuerdo reivindicado por Mujica y Astori a lo largo y ancho del país. Creemos que temas como la seguridad, la energía, la educación y el medio ambiente y el cambio climático pueden y deben dar lugar a acuerdos entre todos los partidos y las organizaciones sociales.
Estamos confiados en el triunfo, pero no nos ensoberbecemos creyendo que no necesitaremos de amplios respaldos ni nos olvidam
os de que hacer política es buscar acuerdos. Esto también es parte de un proyecto nacional. Es decir, un proyecto colectivo, un proyecto de todos, de un país en marcha.
|*| Diputado de AU-FA
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