Al otro día
Perdonar significa que alguien remita la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa con que ha sido perjudicado.
Hay quien dice, por ejemplo: Yo te perdono, hijo mío, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Si bien respeto a ese perdón no me refiero a él porque está inserto en la idea de Dios, de la que descreo, y en la representación de ella que dice ejercer un hombre común vestido de sotana.
Hablo del perdón humano, o sea del que, a veces, nos dispensamos entre nosotros, dando por zanjados entredichos, discusiones, agravios y hasta disputas físicas. Pero, en particular, hablo del perdón entre políticos que durante meses, exacerbados por el fragor de la campaña preelectoral, se han dicho de todo y han usado medios diversos con un común denominador inquietante: falta de ética y, en ciertas circunstancias, hasta de moral.
¿Por qué es necesario ese perdón, que suele exigir la reciprocidad? ¿Por unas ondas de amor y paz que hemos incorporado a la cultura nacional? ¿O, quizás, porque sin esa actitud sería imposible enfrentar lo que vendrá cuando haya sido tomada la decisión de la ciudadanía?
Al otro día, sea cual sea el resultado de la elección, y se tenga el respaldo que se tenga, un país moderno no puede renegar del acercamiento, del encuentro y de la búsqueda de consensos. De lo contrario, no habrá construcción de políticas de Estado y será tortuoso el viaje hacia el porvenir, hacia una sociedad mejor.
¿Se perdonarán luego de esta campaña escandalosa, poblada de irrespetuosidad? Sí. Lo harán. La única molestia que esta certeza despierta en mí radica en dudar acerca de lo que impulsa a un acto de grandeza así. ¿La sinceridad o la hipocresía?
Entendámonos, lector. Son muchos años asistiendo al mismo anadeo: decirse cualquier cosa, ya que se cree que el objetivo lo vale, y después abrazarse, destellando sonrisas sentados a la mesa de las indulgencias, mientras el ciudadano mira perplejo y desconfiado.
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