Incoherencia
Asusta, la cifra asusta, quizá tanto como la actitud de quienes, alegremente, la han calculado y difundido con una retórica plúmbea pero ruidosa, esa que siempre apoya a los disparates o los embustes.
La Unión Europea dará cien mil millones de euros anuales a los damnificados de países pobres afectados por desastres causados por el cambio climático. Una obscenidad, un abuso de dinero para tapar su terca incoherencia y esa dolorosa rasgadura de la relación lógica de las cosas, que las naciones ricas se empeñan en ignorar.
El colmo de la ingenuidad sería pensar que hemos sido bendecidos por la solidaridad de quienes nadan, bucean en la abundancia.
La idea está basada en tapar con euros qué lástima que al dólar haya que llamarlo hoy «el pobrecito» las espantosas consecuencias de algo cuyo origen no se encara. ¿Dónde está el acuerdo para que estas mismas naciones dejen de contaminar el ambiente y acelerar la hecatombe, ya tan previsible como las homilías papales y los informes de los oncólogos sobre el tabaco? ¡Ese es el punto!
Hoy son cien mil millones de euros al año. ¿Cuántos deberán ser, y para qué servirán, dentro de cinco, diez, veinte años? ¿Es posible una imbecilidad semejante, algo que se parezca tanto a unir con masilla blanda un caño colector quebrado?
¿Acaso quieren seguir haciendo autopsias sobre el mismo cadáver, como diría el irónico Juan Marsé?
Ciertamente, nunca es tarde para que la congruencia se les acerque y les ilumine. Aún se puede aguardar el milagro de la unanimidad de los poderosos frente al verdadero monstruo de las cien cabezas. Pero la esperanza es débil, porque Estados Unidos y China, entre otros, han renegado del raciocinio y resuelto jugar a ser dioses.
Cuando Astor Piazzolla explicó lo que le parecía esencial de «Adiós Nonino», el tango dedicado a la muerte de su padre, dijo: «Ese glorioso final triste».
¡Si al menos el desastre al que nos están empujando tuviera un significado así!
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