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LAGRIMAS Y HAZAÑAS DE UN HISTORICO DOMINGO

Sólo mi inexperiencia política, y más particularmente político-celebratoria, tal como referí el domingo pasado, logró mitigar parcialmente el dolor por la derrota del sí rosa. A ello contribuyó la proeza de una victoria arrasadora del Frente Amplio y, fundamentalmente, la experiencia de contacto con la ciudadanía movilizada en formas y magnitudes proporcionales, como jamás experimenté, ni imaginé posibles. La noche del domingo y su madrugada me ofrecieron la vivencia de una ciudad tomada por decenas o centenares de miles de ciudadanos enfrentando al fantasma de la pasividad y la abulia, contra el filo helado de las cifras hirientes y el desencanto de la afirmación anulatoria rosada. Miles de enfermeros dispuestos a suturar la herida inmensa que sufrió la dignidad y la justicia, aunque su cicatriz será imborrable y sus riesgos infecciosos futuros, de extrema e impredecible gravedad.

De todos los barrios que fui recorriendo, desde la rambla de Pocitos hasta la puerta del NH Columbia, ninguno fue tan conmovedor como el centro de la ciudad, especialmente en 18 de Julio, desde la plaza Libertad hasta Boulevard. Y no sólo por el hecho de que el Frente Amplio tenía en las calles una mayoría abrumadora (que en ningún caso supuso intolerancia con minorías de otras agrupaciones), sino por la calidez y la recarga anímica del codo a codo, de la mirada a los ojos, de la crispación de los puños. Fue sólo embanderar mi vehículo para que las manos saludaran primero y luego se acercaran a chocarse una vez fuera de la ventanilla. Aquel escenario fue la contracara del recorrido, también motorizado, de un 20 de diciembre del 2001 por los alrededores de la Plaza de Mayo, vacía de muerte y desolación, y sin más roce en la mano que la del viento aparente del auto errático y solitario. Pero también la Ciudad Vieja fue una fiesta, al punto de que la Plaza Matriz quedó sitiada por dantones redivivos embanderados de rojo, azul y blanco, mientras en la plaza se festejaba la derrota rosa y se alentaba la ya presumible comunión rosada con la anuencia providencial. La riqueza, variedad y contradictoriedad de la expresión electoral del domingo pasado requeriría no sólo una sino varias contratapas, además de tiempo suficiente para acopiar y procesar los datos, indispensables para un balance mínimamente escrupuloso. El temario que surge de estos hechos da para largos domingos. Prefiero hoy detenerme sólo tangencialmente en la más dolorosa de las resultantes, ya que me parece que asumirla es el mejor camino para ratificar y potenciar el 29 de noviembre, que es la única alternativa de resguardar los pasos dados hasta aquí, en materia de derechos humanos y condena de algunos monstruos genocidas. Además, para avanzar por la cornisa del artículo cuarto con los pequeños y dubitativos pasos que esa estrecha y peligrosa brecha permite. Sólo dejo anotado que en materia partidaria el Frente logró mucho, a pesar del 2,5% menos de votos y la desembocadura al balotaje. Ganó más departamentos y sectores populares más distantes con la vida cívica y la independencia de las tradiciones culturales y políticas, además de conservar la mayoría absoluta en ambas cámaras. Mejor imposible. Considero preferible este presente que los resultados más concentrados y previsibles del 2004. También es curioso en materia comunicacional, que, mientras este diario anunció el mismo lunes la mayoría parlamentaria y el triunfo en el interior, el resto de los medios recién ahora comienza a reconocerlo, aunque no se haya expedido aún la lentísima corte electoral. El Frente creció cualitativamente en esta elección. A la vez, al menos hasta contar con datos más precisos y rigurosos, la distribución parlamentaria refleja un peso relativo de los sectores más combativos e intransigentes, lo que estimula cierta contención a los frenos burocráticos y las tentaciones del poder. No se me escapa que algunos entrañables amigos me plantearon el carácter «desencantado» de su sufragio, que rehusaron subirse a mi camioneta para la recorrida relatada, entre otros datos significativos.

Sin embargo, también se perdió ominosamente el sí blanco. Menos grave e inmodificable que el rosado, sin embargo, fue derrotado sin excusas por la anorexia argumentativa de los refranes. Ganó ideológicamente «el que se fue a Sevilla…», aunque el que se fue realmente perdió todo derecho, salvo que lo asista la fortuna de un ya inexistente vuelo de Pluna. Las fronteras ideológicas se cerraron como puente de Fray Bentos y «los (uruguayos) de afuera son de palo». Requerirá también un análisis futuro.

El resultado global deberá ser sopesado con mucho cuidado, cosa que trataremos de ir haciendo en lo sucesivo, pero la contradicción decisiva puede ser advertida inmediatamente. La misma sociedad que convalidó la ley de caducidad y exiló y aisló aún más a diáspora, consagró al partido que más resistió a la dictadura, que impulsó los plebiscitos y, ya en términos de candidaturas, ungió al candidato que representa la víctima por excelencia del terrorismo de estado. Ivonne Trias caracteriza en Brecha esta esquizofrenia como «escena de locura ordinaria (…) el partido que obtuvo el 48 por ciento de los votos, más que la suma de sus opositores, estaba mustio; el que había obtenido un magro 28 por ciento festejaba el alargue o, dicho de otro modo, la postergación de su fracaso; y el que había obtenido el 17 por ciento festejaba más que nadie porque festejaba su regreso del país de los muertos. Los periodistas extranjeros, con los ojos cruzados, sólo atinaban a fundamentar sus notas en el realismo mágico.»

Pero ¿qué estuvo en juego con el voto rosado y qué decidió la ciudadanía? Esencialmente, un juicio de valor sobre el terrorismo de estado. La mayoría que no introdujo la papeleta rosada no es reaccionaria ni terrorista. Sólo una ínfima minoría lo es. Pero tal vez concibió la experiencia histórica como una rara excepción o una suerte de exabrupto discontinuo de la historia. Algo irrepetible y superado.

El terrorismo es una práctica cuya finalidad es provocar terror en la población civil. Tuvimos ocasión de definir y clasificar los distintos tipos de terrorismo el verano pasado. Aquí no se trató de la aniquilación de una fuerza social, sino de la destrucción de relaciones sociales en el conjunto de la sociedad. La dictadura se propuso aniquilar a una proporción de la población muy superior a los miembros de las organizaciones armadas de izquierda con el objeto de aterrorizar de este modo a la sociedad toda. Para la teoría de los dos demonios, la más difundida de las simplificaciones en los medios de comunicación, esto fue simplemente un rapto de locura, una irrupción de irracionalidad: mataban a cualquiera o a los implicados en esa disputa. La casi totalidad del pueblo uruguayo puede dar cuenta de que ni era cualquiera, ni eran sólo los miembros de las organizaciones armadas. Es difícil encontrar quién no tuviera amigos, familiares, presos, desaparecidos o asesinados. Era, justamente, el conjunto de quienes desarrollaban prácticas de articulación social, de solidaridad, en muy diversos espacios: barrios, centros de estudiantes, sindicatos.

Durante la dictadura, la gran pregunta de los terroristas fue dónde estaban los hijos, profusamente difundida por los medios de comunicación adictos, es decir, todos. Hoy la gran pregunta de los hijos es qué hicieron sus padres en ese período. Pedro, por ejemplo, la respondió en su campaña economizando apellido. Pero la sociedad uruguaya no fue ni toda víctima ni toda cómplice. Aunque no puedo soslayar la dura sentencia de Jorge Majfud en un editorial de este diario, cuando, luego de agotar argumentos irrefutables, da rienda a su arraigo y sentencia: «Querido pueblo: no tienes vergüenza».

Toda decisión política tiene al menos dos componentes. La decisión adoptada y quiénes y cómo la adoptan. El pueblo uruguayo tiene una historia tan compleja como heroica en materia de plebiscitos. Y los logró imponer, justamente en res
guardo de la indiscutible soberanía del propio instituto de democracia directa y por la sospecha venal de la naturaleza fiduciaria de la estructura representativa de la democracia burguesa. Por tanto, si además de por su carácter intrínseco, la derrota duele por algo más, es por su legitimidad. Dejo para otra oportunidad un debate más detenido sobre tácticas políticas, estrategias de comunicación e institutos de la democracia directa. Pero para corregir los límites de la democracia representativa y apelar a la máxima instancia decisional se apela a un plebiscito. Y el que gana no puede tener más legitimidad que la sociedad expresándose de manera directa.

Por eso mismo no puedo creer el mail de Adeom que llega hoy a mi casilla. Dice textualmente. «Ante la masiva votación recogida el 28 de octubre del voto por el SI Rosado, la multitudinaria marcha que lo antecedió, considerando el pronunciamiento de la Suprema Corte de Justicia que declaró inconstitucional la Ley de Caducidad y tomando como nuestros los pronunciamientos internacionales sobre el carácter imprescriptible de los delitos y crímenes de lesa humanidad solicitamos en forma urgente al parlamento: a) la anulación inmediata de la ley de impunidad a los genocidas. b) la ratificación del carácter imprescriptible de los delitos de lesa humanidad.

La dictadura no se animó a desconocer el plebiscito, por ella convocado, que le dictó sentencia de muerte. Pero una autodenominada izquierda, que cree haber ganado elecciones hasta contra el álgebra de las urnas, cree estar por encima de este tan ominoso como legítimo dictamen popular. Es una izquierda que cree haber ganado inclusive la calle, cuando en última instancia sólo ha sido ganada por Lacalle.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

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