Espionaje
Visto desde la vulgaridad, que a veces, paradójicamente, aclara ciertas ideas, es como sentarse en el retrete sin saber que uno es observado minuciosamente. Basta que se le haya ocurrido llevar la computadora portátil al baño y un ojo invisible quizá registre qué pasa, desde las contracciones del esfuerzo inicial hasta la cara satisfecha luego de la defecación.
Es exagerado el simbolismo, ya lo sé, pero el humor apacigua la conmoción que causan algunas noticias.
Ahora, si aprieto una tecla y me comunico con alguien en el exterior, un acto que la tecnología convirtió en banal, puedo ser vigilado por la más satánica de las agencias de espionaje del mundo.
La CIA podrá violar impunemente mi intimidad y usar la información obtenida del modo que le plazca. Ha adquirido un moderno programa que rastrea y espía las redes sociales. Tan felices se hallan sus directores que, lejos de ocultarlo, lo califican de «servicio excepcional». Puede rastrear medio millón de webs interactivas al día y recopilar más de un millón de posts, conversaciones de blogs y sitios populares.
Muchos lo intuíamos. Hoy tenemos la certeza de oídos y ojos agazapados, metiéndose en los más personales escenarios de nuestra vida y charlas o en la expresión digitalizada de nuestros planes.
El hombre ya no es el rey del universo. Ha perdido el trono cuando su intimidad fue arrollada por la ciencia y la técnica al servicio de intereses corporativos que ejercen el peor poder real.
¿Qué nos queda? Patalear o adaptarnos. No parece que el pataleo sea más que una expresión de deseo. En cuanto a la adaptación, implicará un cambio en la civilización parecido al impacto que produjo la invención de la imprenta.
Según Cebrián, «Gutemberg cambió la cultura, la ciencia, el poder, las estructuras económicas y el tejido de la sociedad». Claro, ese proceso llevó siglos.
En el ciberespacio todo es instantáneo. Y si uno se distrae se lo come el bicho. Bonomi no, el otro.
Compartí tu opinión con toda la comunidad