El desastre
Hay un viejo cuento de dos gatos que se disputan un trozo de carne hasta que, de tanto pelear, no queda de ellos más que las puntas de sus rabos.
Me parece un simbolismo impagable acerca de lo que ocurre con las grandes naciones supuestamente empeñadas en enfrentar el cambio climático: ahora mismo languidece en Copenhague la reunión de los diecisiete países más contaminantes, convocada por la ONU para un acuerdo que sustituya al frustrado protocolo de Kyoto.
Las advertencias científicas son catastróficas. Sin propósitos comunes, la situación nos desbordará en pocas décadas con olas de calor mortífero, sequías e inundaciones.
Como esto pasará con más intensidad en algunas áreas, traerá consigo, además, oleadas migratorias que implicarán hambrunas y guerras por la supervivencia en los territorios aún a salvo. En realidad, una fantasía, ya que nada quedará en pie y tarde o temprano todo será arrasado.
Lamento decirlo, pero, al menos hasta hoy, todo indica que Copenhague será un fiasco como Kyoto. Hace falta, parafraseando a Bertrand Russell, «una cierta comunidad de sentimiento» entre los más influyentes, que son también los que más contaminan. Con humor, decía Russell: «Un cuerpo humano no podría vivir durante mucho tiempo si las manos estuviesen en conflicto con los pies, y el estómago se hallase en guerra con el hígado».
Son tan fuertes, perversos y estúpidos los intereses de las grandes corporaciones que representan al poder real, que una cuestión tan transparente, y al mismo tiempo tan ominosa y grave, no gesta esa comunidad de sentimiento y la reduce a una ilusión casi infantil.
El desastre viene pisándonos los talones y hay quienes están persuadidos de que tendrán su propia burbuja cósmica.
Creen que están más allá de la verdad, como Ruedita:
¿A mí me v’agarra’l diluvio, si no tomé’gua ni p’una pastiya? No l’aguanto. Si m’entra, la cago. ¡Y si tengo sé’, no me saca’ del boliche ni’l guiche’la intendencia!
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