Neurastenia
Hay un aire de neurastenia que envuelve a la compleja situación de aquellos a quienes se ha dado en llamar menores infractores.
La crisis del INAU, cual herida mal curada, sigue abierta y supurando pese a los dignos esfuerzos de sus directores. Los hogares de reclusión se caen a pedazos y el tira y afloje con el sindicato de trabajadores sostiene la idea de que el lío lo pague el culo del fraile: los menores fugan con facilidad y hay denuncias graves que salpican a varios de esos trabajadores. La sensación que queda es, mal que pese a un estado del alma social que pretende empujar la realidad en otra dirección, de total desconcierto. No son cómodos, confortables los tiempos en que los ciudadanos se ven obligados a asistir, con cierto pasmo, a una especie de infierno cotidiano.
Ahora se ha agregado una inesperada discrepancia entre fiscales y jueces de menores sobre penas alternativas en sustitución de la privación de la libertad, incluso en delitos graves perpetrados en reincidencia contumaz. Qué panorama. La Justicia tampoco se exhibe unida detrás de la letra vigente del Código de la Niñez y la Adolescencia. Las interpretaciones de los magistrados suelen diferir, día a día, con las de los representantes del Ministerio Público.
Tal parece que esta cuestión semeja hoy, para la sociedad nacional, un subterráneo gris que no conduce a ninguna parte.
Hay que eliminar la neurastenia y dar serenidad a la sociedad.
Para ello está claro que hay que lograr consensos verosímiles que desemboquen en una política de Estado.
Tarea poco sencilla. Pero bien harían los políticos, y particularmente los candidatos presidenciales, en despojarse de histerias y contorsiones oportunistas y acercar ideas con un talante constructivo.
Aquí no se advierten posibilidades de obtener ventajas electorales; muy al contrario, la desatención y la intolerancia pueden meter al país de testa en un lío del cual, luego, no lo sacará ni Mandrake.
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