La casa de uno
La casa, el lugar donde uno vive porque quiere o porque sólo allí puede, pertenece a la intimidad, ámbito reservado, casi siempre considerado espiritual, de una persona o de una familia.
Penetrar en esa intimidad, aun figuradamente, con la descalificación, es igual a querer adueñarse de lo que no nos pertenece. Nadie es dueño de la vida de los demás. Juzgar lo íntimo de ellos es alentar esa pretensión con un tufillo de sacristía inquisitoria.
Por respeto, la casa de cada quien tiene que quedar afuera de alusiones de los que no la habitan; y si se la descalifica, con fines vergonzosos en medio de una despreciable campaña política, no sólo se será irrespetuoso sino que se bordeará el abismo de la inmoralidad.
Las personas valen por monedas más altas que el sitio donde han elegido pasar sus días y construir sus sueños. De otro modo, una verruga, unas várices, una ropa modesta, un rictus impuesto por el paso de los años, un grano en la punta de la nariz o unos zapatos avejentados determinarían su calidad humana. Cualquiera sabe, salvo petulantes oxidados o aquellos que se embarran en estrategias impúdicas, que eso es una sonsera catedralicia.
A veces, el exterior del individuo, incluido su hogar, puede desagradar: una cuestión estética no necesariamente vinculada a la riqueza intelectual, a la cultura, la creatividad, siquiera a la benevolencia o malevolencia del que muestra ese envase que no recoge, ni por casualidad, admiraciones ni envidias.
Pero una cosa es el derecho a que algo nos disguste y otra, muy diferente, utilizar ese desagrado con la intención de desacreditar a un adversario.
Qué insolencia rapaz.
En Holanda, sea como fuere la casa, las cortinas, ornamento esencial allí, normalmente están corridas. Es otra cultura, sí, pero enseña. Nadie se avergüenza de que se vea cómo vive porque nadie, en puntas de pie, asomará los ojos a las ventanas, arrugando el apéndice nasal, para calcular dividendos.
Compartí tu opinión con toda la comunidad