La campaña
Por Antonio Pippo
Tengo una molesta sensación. Entre quienes intervienen en la campaña preelectoral se está haciendo, facilitando o improvisando sobre la marcha zancadillas, topetazos y pellizcos de todo tipo.
Es abrumador.
Dichos sacados de contexto, malas interpretaciones intencionadas, pegatinas anónimas y agresivas, prepotencia verbal, denuncias, amenazas y una larga lista de trastadas cuya finalidad es, por loco que pueda parecer el empeño o el medio usado, desestabilizar a un candidato y aspirar a quitarle unos votitos.
¿Dónde anida la razón de semejante comportamiento? ¿Forma parte de las estrategias políticas? ¿Una supuesta, temida paridad alimenta el miedo a perder la elección y justifica cualquier cosa? ¿Acaso se piensa que los indecisos, habitantes reflexivos de un planeta al que todos quieren viajar para vender sus baratijas, se convertirán en adeptos cuanto más duro se descalifique a alguien?
La respuesta positiva a cualquiera de estas preguntas, o a varias de ellas, significaría que hay mucha gente, a la que el ciudadano debería exigirle otra conducta, persuadida de que la imbecilidad es una táctica rendidora, eficaz.
Las heridas que un empeño así deja, ya finalizada la batalla de las urnas, no habrán de sanar con rapidez. Sus secuelas pueden sellar el destino colectivo.
Me interesa recordar una idea de Bertrand Russell acerca de que siempre nos es posible, aun asediados por las irritaciones y las frustraciones, crear un mundo tan amplio que las vejaciones de la vida cotidiana en este caso habría que decir de la vida política lleguen a parecer triviales «y los propósitos que agitan nuestras emociones más profundas adopten algo de la inmensidad de nuestras contemplaciones cósmicas».
Sólo creyendo en la posibilidad de un futuro semejante, expresado, hay que decirlo, de modo muy poético, será posible el optimismo sobre lo que vendrá.
Mientras tanto, que los candidatos busquen los escrúpulos. Deben haber quedado por ahí.
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