DIARIO DE CAMPAÑA: LOS VOTOS QUE EL ALMA PRONUNCIA

El voto epistolar se ha instalado como tema de campaña. Sin más trámite, quisiera, con respeto y claridad, analizar una serie de errores y falacias que sobre este tema se desgranan a menudo.

1. El voto epistolar favorecería al Frente Amplio.

En primer lugar, no debe pensarse la institucionalidad democrática y los derechos civiles en función del conteo de votos. El actual sistema electoral fue defendido con argumentos institucionales, cuando era evidente su efecto: con el régimen anterior, en 1999, el presidente electo no hubiera sido Jorge Batlle, sino Tabaré Vázquez. No cuestiono aquella reforma, sino que señalo la inconsistencia lógica de condicionar la institucionalidad por los resultados estimados según soplen los vientos. Pero por otra parte creo que es harto cuestionable que el voto epistolar favorezca al Frente Amplio. Me explico: la emigración uruguaya es estructural y ya no meramente económica. Emigran profesionales calificados, jóvenes de altos estratos sociales y todo tipo de ciudadanos. La diáspora uruguaya hoy no es la de 20 años atrás y su conformación en materia de opinión política seguramente no difiera mucho de la existente en el país. ¿Qué ocurre con el sistema actual? Al deber trasladarse a territorio uruguayo para votar, sólo sufragan los más militantes integrantes de la diáspora. Estos, en su mayoría, son sin duda frenteamplistas. Si se le facilita el voto a todos nuestros conciudadanos en el exterior, votarán también los no tan militantes. Esto conduce a una doble conjetura absolutamente lógica: habilitando el voto epistolar, habrá mas cantidad de votos de uruguayos radicados en el exterior, pero el porcentaje de votos frentistas dentro de ellos será menor que ahora. Es por consiguiente absolutamente arbitrario pronosticar que favorecerá al Frente Amplio el voto epistolar.

2. El voto epistolar no es ético, pues el residente en el extranjero no conoce ni sufre nuestra realidad.

Los uruguayos presentan la particularidad de que sus hijos, nacidos en cualquier rincón del planeta, se definen como uruguayos y usan camiseta celeste, toman mate y conocen nuestra música. Para los eternos desconformes con nuestra identidad cultural, nada como vivir unos añitos afuera para sentirla muy viva y presente. Los uruguayos en el exterior ­no me lo contaron, lo viví­ viven pendientes de sus familias y en un gran número buscan ayudar al Uruguay, sus escuelas, sus centros hospitalarios, etc. Si en muchos países de Africa y Centroamérica, por diferencias de nivel salarial, la principal industria es la de las remesas de dinero de sus emigrantes en el mundo desarrollado, los uruguayos no tenemos motivo para sentirnos demasiado superiores. En efecto, muchas familias uruguayas más de una vez «se han salvado» gracias al dinero que envían sus parientes en EEUU; Europa, Australia, etc. Esto fue absolutamente crucial en los terribles años 2002-2003, cuando el Uruguay implotó. Pero cada tanto, algún uruguayo «en la mala» recurre a sus familiares en el exterior para salir adelante. Una vez más, no me lo contaron, lo viví de ambos lados del mostrador. ¿Qué clase de ética tan peculiar es la que nos permite manguear sin el menor prurito a nuestros emigrantes pero afirmar que ellos «no la sufren» como nosotros? ¿Acaso el dinero que nos mandan crece en los árboles? ¿Alguien sensato puede desconocer que nuestros familiares en el exterior sufren en carne propia nuestros problemas con enorme intensidad, pues a la preocupación natural por un ser querido se suma un enorme grado de impotencia por la distancia física y por no poder «estar al lado»? Los uruguayos en el exterior, en su inmensa mayoría, sufren y disfrutan el Uruguay tanto o más que cualquiera de los que aquí vivimos.

3. El voto epistolar puede alentar la disgregación nacional.

Haciendo abstracción de toda discusión política sobre la situación de Medio Oriente y de la incidencia de factores religiosos…¿alguien piensa que el Estado de Israel tendría la presencia internacional que tiene de no contar con el férreo apoyo de su diáspora? Una nación que reconoce a sus hijos repartidos por el mundo como pilares para su sustento y perdurabilidad no se disgrega, sino que se consolida y fortifica. Muchos uruguayos hacen mucho más bien al Uruguay incidiendo en los ámbitos internacionales en que trabajan que viviendo en nuestro país. Necesitamos entonces más derechos, más deberes, más integración de nuestros hermanos del Departamento 20, donde quiera que estén. Esa es la actitud más inteligente para un pequeño pueblo como el nuestro. Lo hacemos a la hora de construir nuestro prestigio nacional y autoestima y de manera hasta exagerada. Jorge Drexler era ya un excelente músico cuando vivía en Uruguay. Se volvió ícono nacional al triunfar en Europa y ganar el Oscar. Diego Forlán fue siempre un formidable jugador, pero debió ser «pichichi» de la Liga Española dos veces y «star» del fútbol mundial para constituirse en un símbolo del Uruguay. Mientras que en la vecina orilla nuestros hermanos argentinos suelen suponer que lo suyo es lo mejor del mundo (en muchos casos con razón y en otros no), nosotros precisamos que nuestros compatriotas triunfen en el exterior para reconocerlos en sus capacidades. Si es un fenómeno, pero vivió siempre en la esquina de mi casa, es un pobre tipo. Si no es tan fenómeno pero fue reconocido en Buenos Aires, París, Madrid o New York, entonces es un crack que nos enorgullece. Ya que tanto apreciamos la experiencia internacional para validar las capacidades de las personas …¿no vendría bien darle algún crédito a la experiencia internacional a la hora de decidir destinos?

4. Uruguay no puede compararse con los países europeos, donde la diáspora elige parlamentarios.

En este punto hago pleno acuerdo. Pero entonces la conclusión lógica es que tras aprobar en octubre el voto epistolar, deberíamos impulsar en un futuro cercano alguna forma de que el Departamento 20 tenga su cuota parte de representación parlamentaria. La distancia geográfica es inadmisible como argumento en contrario, en el mundo de la banda ancha, la videoconferencia y donde desde las operativas bancarias hasta las guerras se dirigen a 10 mil kilómetros de distancia desde una pantalla plana y una consola.

En octubre nos debemos un acto de justicia con nosotros mismos. Con nuestro hijos, hermanos, primos, vecinos. Con los uruguayos que, habiéndolo elegido o no, viven en otros países. Los que nos ayudan materialmente cuando nos va mal, los que apoyan nuestras políticas sociales cada vez que pueden, los que buscan oportunidades para más uruguayos. Los que sufren cuando sufrimos y gozan cuando gozamos. Los que escuchan a las 3 de la mañana, si el huso horario así los obliga, el partido de fútbol de su equipo y deben gritar los goles en susurros, para no despertar a sus vecinos. A los que se les pianta un lagrimón más de una vez cuando creen oler la rambla o algo les recuerda a Uruguay. Porque Uruguay está siempre en su corazón, siento un imperativo moral de darles, de corazón, mi voto en octubre para que ellos también puedan votar. Voten a quien voten, no me interesa. No es golpe bajo ni sensiblería, es racionalidad, justicia y sensibilidad, que la política sin ella no tiene razón de ser. Los uruguayos en el exterior merecen que les demos nuestro voto. Porque son como nosotros. Porque en realidad, son nosotros.

|*| Analista y matemático

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