¡Al fin!
Llegó, al fin, una buena nueva. José Mujica, formalmente y en su investidura de candidato a la Presidencia de la República por el Frente Amplio, dio, en medio de una campaña preelectoral que se iba por la alcantarilla, un paso imprescindible y de enorme repercusión para el futuro.
Propuso un pacto nacional para que la educación crezca como herramienta esencial a la supervivencia y desarrollo de un país en paz, libertad y justicia. Con una elíptica cita al batllismo, que entendí referida al apoyo estatal a la educación, llamó a los opositores políticos, a las autoridades y trabajadores de la enseñanza y a todas las organizaciones sociales a construir un proyecto nacional.
Mi primera alegría saltó, cual simpático conejo de elegante galera, al interpretar, y lo digo con humildad y respeto, que Mujica había comprendido, antes que otra cosa, lo que debe evitarse para un empeño tan noble.
Vale la pena repetir a Sábato: «Se comete un error si se pretende reformar la educación como si se tratase de un problema meramente técnico y no el resultado de la concepción del hombre (…) Ella no se lleva a cabo en abstracto ni es válida para cualquier época o civilización, sino que sirve en concreto y se hace con vistas a un proyecto de ser humano y de sociedad».
La segunda alegría me inundó cuando el candidato, a su aire pero sin oscuridades verbales, habló de la necesidad de unir la idea de humanismo con el inexorable y velocísimo avance de la ciencia y la tecnología. Ahí caben, entre otros instrumentos, las escuelas de tiempo completo, el Plan Ceibal y la descentralización universitaria.
¿Que no será sencillo, lector?
Nadie ignora que juntar a tantos para que tiren unidos de un carro con semejante peso conlleva asperezas y dificultades. Pero habrá que limarlas y vencerlas. Si la puerta que se ha abierto es más que un formalismo, y yo creo que sí, nadie, sea cual sea el resultado electoral, podrá negar su hombro bien dispuesto.
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